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[ Chile] Articulo | La Semana Roja : Historia sobre la “Huelga de la carne” (Santiago y Valparaíso, 1905)

Una Mirada al Movimiento Popular Desde dos Asonadas Callejeras (Santiago, 1888-1905).

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¿Qué sucedió en octubre de 1905 en las calles de Santiago? O más bien, ¿cómo pueden ser interpretados esos hechos desde el punto de vista de la evolución histórica del movimiento popular a partir de la “huelga de los tranvías”?

La movilización reivindicativa de 1905, que desembocó en los luctuosos acontecimientos de octubre, tuvo varias similitudes con aquella de 1888. En ambas oportunidades se trató de peticiones a los poderes públicos que concernían la defensa del nivel de vida de las masas en la esfera del consumo. En 1888, como sabemos, se intentó obtener la rebaja del precio de los pasajes de los tranvías. En 1905, una amplia coalición de sociedades populares pidió la abolición del impuesto al ganado argentino que encarecía la carne en beneficio de los terratenientes nacionales y en detrimento de los trabajadores. En 1888 la protesta fue convocada por el Partido Democrático y apoyada por las mutuales; en 1905, en cambio, el llamamiento emanó del Comité Central del Impuesto al Ganado, organismo aglutinador de una variada gama de organizaciones sociales, y recibió el apoyo del Partido Democrático.

Durante la “huelga de la carne”, al igual que en la “huelga de los tranvías”, el movimiento se encauzó originalmente en la más absoluta legalidad y el tono de las peticiones fue respetuoso de las autoridades. No obstante, como en 1888, o más aún que en aquella oportunidad, la manifestación central realizada en Santiago desembocó en hechos de inusitada violencia.

Volvamos a nuestra pregunta: ¿qué fenómenos de la evolución del movimiento popular nos permite develar el estudio de la “huelga de la carne”? Para responderla debemos remitirnos brevemente a la génesis y desarrollo de esta campaña abolicionista.

La reivindicación de la abrogación del impuesto al ganado extranjero internado en el país no era nueva. Ya en 1888 el Partido Democrático y las organizaciones populares habían implementado exitosamente una primera movilización contra un proyecto de ley presentado a la Cámara de Diputados para establecer un impuesto al ganado argentino que beneficiaría a los grandes productores chilenos del mismo ramo. Las peticiones y manifestaciones organizadas en Santiago y Valparaíso lograron que la moción legislativa fuera retirada de la Cámara de Diputados. Sin embargo, en 1897 otro proyecto del mismo tipo fue aprobado, iniciándose al poco tiempo una nueva campaña destinada a obtener la derogación de la ley que golpeaba con dureza el consumo de los sectores populares. En octubre de 1905 la protesta de las asociaciones de trabajadores alcanzó su punto más alto. En ciudades grandes y pequeñas se sucedieron manifiestos, petitorios y meetings abolicionistas, casi siempre bajo la conducción de las mutuales. El 22 de ese mes se realizaron manifestaciones en todo el país. El acto central efectuado en la capital debía culminar con la entrega de sus conclusiones al Presidente de la República.

A pesar del carácter legalista, ordenado y respetuoso del movimiento, la demostración pacífica en Santiago degeneró en violenta asonada de la siguiente manera, según un informe policial presentado el 23 de octubre al tribunal encargado de investigar los hechos y juzgar a los detenidos:

“[…] el sábado próximo pasado circulaban proclamas de todas las sociedades obreras convocando a un meeting que debía tener lugar ayer en la estatua de O’Higgins para pedir a S. E., la abolición del impuesto al ganado argentino. Estas proclamas recomendaban la mayor tranquilidad y compostura y las investigaciones practicadas por esta sección en orden a establecer los propósitos con que el pueblo concurriría al meeting confirmaban plenamente las recomendaciones que se hacían en estas proclamas.

A la hora de la citación se reunieron alrededor de doce mil hombres de los cuales seis mil, a lo menos pertenecían a la clase obrera y llevaban estandarte con lemas alusivos al objeto de la reunión, sin que ninguno de ellos significara propósitos de trastornar el orden público.

Previa la colocación en fila de a dos, tomaron los manifestantes las calles de Morandé torciendo por la de Moneda hasta enfrentar la puerta del palacio, donde se detuvieron para preguntar si S. E. podría recibir a la comisión encargada de entregarle las conclusiones del meeting. El oficial de guardia Sr. Belarmino Fuenzalida les manifestó que S. E. esperaba en su casa y los obreros se dirigieron a ella siendo la comisión recibida y despachada después de cortos instantes de conferencia con el Presidente quien salió en seguida al balcón y presenció el desfile de siete o seis mil obreros que se condujeron con todo orden y compostura como lo habían prometido.

Mientras esto ocurría el otro grupo de seis mil personas entre los cuales había muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada. El jefe de la guardia Sr. Fuenzalida hizo grandes esfuerzos para convencerlos de que su deber les impedía permitirles la entrada al palacio, conducta que les hizo irrumpir en gritos y amenazar lanzándose a viva fuerza a romper la entrada”.

A partir de ese momento se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales.

En 1905 se repitieron, de manera aún más nítida que en 1888, los comportamientos y actitudes que tradicionalmente habían diferenciado a los trabajadores organizados de la masa de desheredados compuesta por gañanes, jornaleros y trabajadores ocasionales no adscritos a ninguna organización social, además de numerosos delincuentes ávidos de saqueo. Mientras -según todos los testimonios- los primeros actuaron disciplinadamente, respondiendo a las consignas de orden de sus asociaciones y dirigentes, los “marginales” aportaron el mayor número de personas implicadas en la revuelta, la violencia y el pillaje. De acuerdo con un parte de policía referido a los sucesos del 22 y 23 de octubre:

“El aspecto de la mayor parte de los individuos que andaban en las pobladas […] era siniestro y revelaba claramente su procedencia de las últimas capas sociales del pueblo, y no era difícil distinguir entre ellos a muchos rateros, ladrones y delincuentes conocidos de antemano por la policía, a mucha gente de mal vivir, a agitadores de profesión, y a la chusma que siempre está lista para acompañar cualquier manifestación contra el orden público en donde pueda ella entregarse al libertinaje del robo y del saqueo”.

La misma visión predominó en los políticos de la elite. El diputado liberal Irarrázaval Zañartu afirmó que la “avalancha humana” autora de los saqueos y destrucciones, estaba compuesta:

“[…] por hombres sin oficio, sin hogar, de esos que en Chile todavía no saben leer, ni reconocen domicilio, almas salvajes y bravías hasta cuyo fondo obscuro no han llegado ni la enseñanza del Estado, ni la protección de la sociedad, ni el halago de un interés positivo y permanente, ni siquiera la noción sencilla y elemental de los deberes que corresponden al hombre y de la dignidad del ciudadano”.

En un análisis más fino, Malaquías Concha, líder de la fracción demócrata moderada, sostuvo en la Cámara de Diputados que entre los participantes en el desfile del domingo se podían distinguir tres grupos: los miembros de las sociedades obreras, respetuosos, organizados, de comportamiento irreprochable; la masa trabajadora, “generalmente no asociable y fácilmente excitable, influenciada a veces por las injusticias que tiene que soportar” y, finalmente, “los malhechores de todo orden que se anidan en el bajo fondo de la sociedad”.

Nadie puso en duda la actitud legalista, pacífica y ordenada de las asociaciones populares, ratificada en sus comunicados y en la decisión de sus homólogas de Valparaíso, Los Andes, Concepción, Talcahuano, Coronel y Lota de suspender, en aras de la paz, las manifestaciones previstas para los días siguientes.

En rigor, al igual que en 1888, al comienzo de la “huelga de la carne” el deslinde no fue claro. Durante el desfile del domingo 22, en torno a las sociedades obreras se agregaron numerosas “pobladas” de “rotosos” carentes de organización. Hasta el segundo día de incidentes (lunes 23) distintas categorías populares, fundamentalmente obreros en huelga, como los del aseo, de la fundición Libertad, la Maestranza y de diversos talleres ferroviarios, de las Cervecerías Unidas, la empresa del alcantarillado, la construcción, el Matadero y otros aparecían confundidos con la masa marginal, según dio cuenta la fuente policial citada más arriba:

“[…] andaban mezclados con estas turbas conocidos obreros y hombres de trabajo quienes, en mi concepto, engañados sobre el verdadero objetivo que tenía el movimiento y creyéndolo tal vez una simple manifestación popular en favor de la abolición del impuesto al ganado argentino se prestaron durante varias horas a que con ellos los huelguistas hiciesen una especie de réclame a sus desórdenes y a que por consideración a ellos, que son gente ordenada y de trabajo, la policía no procediese desde el primer momento con la energía con que procedió después cuando ya los obreros se habían separado de la chusma y entró esta a dar expansión franca a sus propósitos de saqueo”.

Una de las “pobladas” más numerosas que se enfrentó a la policía se formó durante la mañana del 23 de octubre, en las inmediaciones de la Estación Central. Una masa, de no menos de 3.500 individuos, intentó suspender el tráfico ferroviario, asaltando y apedreando un tren de pasajeros. Luego de ser rechazados por la policía, estos manifestantes convergieron con otros huelguistas avanzando por la Alameda hacia el centro de la ciudad y dejando tras de sí una estela de destrucción.

Aunque la turba continuó depredando negocios, edificios públicos y puestos de policía, a la media tarde se produjo la separación de aguas, retirándose la mayor parte de los obreros y aumentando la intensidad de los saqueos.

La prensa dio informaciones contradictorias acerca del perfil de los “violentistas”, cuestión que destacó Z. Rodríguez Rozas en El Diario Ilustrado:

“En el editorial del martes 24 afirmó El Chileno que habían sido elementos anónimos, El Mercurio los llamó grupos de descamisados; que fueron agitadores inescrupulosos dijo El Ferrocarril; y El Diario Ilustrado sostuvo que eran agitadores y revoltosos, a que se agregaron algunos obreros.

El Chileno, en un artículo publicado el 31 del pasado octubre, dijo que la turba era formada por pillos carrilanos y granujas, y que había elemento trabajador, pero el menos sano. Eran, agrega, parias de la sociedad, elementos inconscientes, desequilibrados.

Para este articulista, sin embargo, la base de la asonada, la constituían los trabajadores organizados:

“La verdad –aunque duela confesarlo- es que el alma de los desórdenes fueron los obreros dirigidos por agitadores y secundados admirablemente por la chusma.

Los agitadores sin Dios ni ley, tienen sus móviles sectarios; los obreros, muchos también sin Dios ni ley, piensan como aquellos y son el brazo que obra, y el populacho va tras el saqueo.

[…] ¿Quién no vio a los obreros destruyendo, saqueando y atacando a la policía en consorcio amigable con la chusma?”.

La estadística construida por Gonzalo Izquierdo, basándose en los antecedentes de parte de las personas procesadas en el Primer Juzgado del Crimen de Santiago a raíz de los disturbios, corrobora una caracterización muy matizada de los involucrados en los hechos de violencia, coincidiendo en grandes líneas con el testimonio anterior.

En el primer grupo de 31 personas heridas durante los enfrentamientos, cuya edad promedio era de 29,6 años, los gañanes representaban más de un tercio del total (35,48%), siendo seguidos por comerciantes (9,67%), ebanistas y empleados (ambas categorías 6,40% cada una) y una amplia gama de oficios, como panaderos, pintores, sastres, jornaleros, herreros, panaderos, estucadores, etc.

Un segundo grupo de 58 individuos, sobre los cuales Izquierdo logró reunir datos más completos, si bien era aún más heterogéneo que el anterior en la representación de oficios, también arrojaba una neta mayoría de trabajadores no calificados, como gañanes (17,24%) y vendedores (8,79%). La edad promedio era levemente superior a los 23 años. Pese a que un 55,17% de estas personas sabía leer, solo el 36,20% sabía escribir, un gran porcentaje (72,41%) tenía algún antecedente penal y una ínfima minoría, apenas un 5,10%, pertenecía a algún gremio organizado.

Estas cifras subrayan los elementos de continuidad con los fenómenos de la asonada de 1888. Sin embargo, un análisis más acucioso revela algunos rasgos nuevos que sugieren las mutaciones que se estaban produciendo en el movimiento popular.

A la caracterización por oficios y edades habría que agregar como ingrediente novedoso en este tipo de jornadas cierta presencia femenina, al menos durante las manifestaciones organizadas del 22 y 23 de octubre. Algunas informaciones de prensa dieron cuenta de un desfile de mujeres que recorrió durante la tarde del lunes 23 la Avenida Independencia llevando estandartes calificados de “sediciosos” e incitando a otras personas a realizar acciones violentas:

“[…] formando columnas de a dos, y llevando insignias incendiarias invitaban al saqueo a los pequeños grupos de hombres que encontraban a su paso.

La voz de las mujeres fue oída y aceptada por una porción de individuos que se agregaron a la columna de mujeres en actitud hostil.

El cierra-puertas fue general, temiéndose que de un momento a otro diera la turba comienzo a poner en práctica sus propósitos.

Afortunadamente en esos momentos desembocó a la avenida Independencia por una de las calles transversales, un piquete de policía que puso en desbandada a las desfilantes”.

Más masiva y permanente fue la participación de niños y adolescentes de sexo masculino en las marchas y en los desórdenes. En el proceso judicial quedó constancia de que en la mañana del 23 de octubre, al declararse en huelga los trabajadores del aseo, se fueron por las calles:

“[…] invitando a los obreros que se encontraban, sin ninguna distinción, y exigiendo igual cosa de aquellos que trabajaban tranquilamente en sus diversos ramos, formándose en pocos momentos grupos numerosísimos de hombres, niños, y de algunas mujeres”.

Los testimonios de diverso origen, las fotografías publicadas por la prensa y la estadística de heridos y detenidos revelan una fuerte presencia infantil y juvenil, tanto en las manifestaciones organizadas y dirigidas por las asociaciones obreras como en la asonada inmediatamente posterior. Las mujeres, por el contrario, parecen haberse limitado a participar en los desfiles, retirándose al comenzar los hechos de violencia, como queda de manifiesto al examinar las listas de detenidos, heridos y muertos.

Entre las decenas de personas fallecidas sobre las que las fuentes entregan algunos antecedentes –la cifra total oscilaría entre 200 y 250, según Gonzalo Izquierdo– solamente figura una mujer, de identidad desconocida, muerta junto a su hijo a los pies de la estatua de O’Higgins. Entre las 58 personas procesadas en el Primer Juzgado del Crimen de Santiago sobre las cuales el mismo historiador logró reunir datos relativamente precisos, las mujeres representaban poco más del 5,17%. Nuestra propia investigación no arrojó indicios de presencia femenina en las listas de detenidos y heridos que se registran en el volumen 2970 del Ministerio del Interior, conservado en el Archivo Nacional de la Administración, ni tampoco en las Causas Criminales del Fondo Judicial de Santiago, depositado en el Archivo Histórico Nacional. Más aún, en una primera nómina de 15 heridos atendidos en el hospital San Juan de Dios, al término del primer día de incidentes, solo aparecía una persona de sexo femenino (María Briones) y en una segunda lista, publicada un día más tarde, entre 37 heridos no había ninguna mujer. Luego de tres violentas jornadas, en un total de 58 nombres, se mencionaba a una persona de sexo femenino (María Díaz) asistida en ese centro hospitalario, para ser curada por contusiones. Al día siguiente, en una nómina de 83 personas heridas atendidas en el mismo lugar, no figuraba ninguna mujer; y al día subsiguiente, en una nueva lista, entre los 33 heridos únicamente aparecían varones. Un recuento más completo de las víctimas auxiliadas en el mismo hospital entre el domingo 22 y el martes 24 de octubre entregaba 87 nombres, todos eran hombres, de los cuales dos habían fallecido. En el Hospital San Vicente de Paul, al cabo de los dos primeros días de protesta, los más sangrientos, se registraba el ingreso de 33 heridos, todos de sexo masculino, y en el cuartel de la 5ª Compañía de Bomberos, el 23 de octubre se recogieron 14 heridos -puros hombres-, uno de los cuales falleció posteriormente, y tres personas muertas cuya identidad no fue dada a conocer. En la Morgue, por último, hacia el término de los desórdenes, una información de prensa daba cuenta de la recepción de diez cadáveres, ocho de los cuales habían sido identificados: invariablemente eran de sexo masculino.

Otro fenómeno relevante en una óptica comparativa es el relativo a la dialéctica entre espontaneísmo e incitación a la violencia. Diversos factores explican la mayor intensidad y duración de los actos violentos de 1905 respecto de los que se produjeron en 1888. Pero en la perspectiva de nuestro estudio, una exploración sobre la supuesta acción de instigadores de las acciones violentistas puede arrojar luces sobre las diferencias entre ambos momentos y entregar elementos para desentrañar los cambios en el seno del movimiento popular.

Los rasgos de espontaneísmo aparecen más claros en la jornada del 29 de abril. Los testimonios recogidos hablan siempre de individuos no identificados, de grupos que actuaban por su cuenta sin que destacaran líderes llamando a la acción.

En la asonada de 1905, en cambio, abundan los relatos sobre agitadores que lanzaban discursos destinados a enardecer a las masas, como atestiguaron dos inspectores de policía que aseguraron haber visto el lunes 23 de octubre a un individuo en la Alameda que “pregonaba a la multitud invitándola a tomar venganza contra la policía, a hacerse justicia por si misma y a lanzarse al saqueo”. Otro agente policial declaró que el día anterior había presenciado que “varias veces se formaban en el centro de la Alameda grupos que indicaban que alguien les dirigía la palabra y la muchedumbre aplaudía”, pero que a pesar de que no pudo ver a los oradores ni escuchar sus palabras, “por la actitud de los que escuchaban”, suponía que tales discursos incitaban a la revuelta.

Con mayor precisión, otro parte policial sostuvo que el 23 de octubre “hubo personas que decían al pueblo que no se dejaran vencer por la policía, que hicieran frente a ésta y enseguida ‘arrebataran al rico lo que les robaba”. La misma información acusaba en uno de sus pasajes a un individuo llamado Juan Reyes de ser uno de los oradores que empujó al pueblo al robo y a la agresión a la fuerza pública , a la vez que hacía un llamamiento a la policía para que se adhiriese a la causa popular, “arrojando las armas con que atacaba a sus hermanos”.

Por su lado, Enrique Mac-Iver, líder del Partido Radical, aludió en el Senado a los rumores sobre la acción disolvente de dos profesores que habrían inculcado a sus alumnos “ideas de carácter subversivo”. En el mismo registro, el articulista del Diario Ilustrado citado más arriba, aseveraba que durante las manifestaciones:

“Se vieron, en más de un punto de la ciudad, a personas decentes dirigiendo los desórdenes. Hubo personas decentes que incitaron al pueblo a la destrucción y aún ellos mismos rompieron faroles”.

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Pero no se trataba solamente de la instigación a la violencia. También se detectó la intervención de activistas que promovieron el paro del 23 de octubre y ayudaron a engrosar las columnas de manifestantes con huelguistas de la Policía de Aseo, la Tracción Eléctrica y la Maestranza de los Ferrocarriles, taller este último donde Luis Silva y Andrés González se pusieron a la cabeza del movimiento enarbolando banderas rojas. Los indicios que sugieren la presencia de militantes anarquistas fueron particularmente fuertes entre los empleados de la Tracción Eléctrica. Dos italianos y tres trabajadores vestidos con el uniforme de esa compañía fueron sindicados como los cabecillas de una poblada de unos 400 individuos que atacó el mismo día una casa de prendas. Llama mucho la atención que, en el contexto de una asonada en que -como demostró Gonzalo Izquierdo- la xenofobia se manifestó, especialmente contra italianos y españoles, un conglomerado tan numeroso de chilenos estuviese dispuesto a dejarse acaudillar por extranjeros, lo que estaría revelando cierto ascendiente de estos cabecillas sobre la masa insubordinada. Esto refuerza los indicios de presencia de agitadores en algunos de los tumultos. No era, por lo demás, extraño que el gremio de los tranviarios tuviese una participación tan destacada en estas jornadas. A comienzos del mismo mes sus integrantes habían protagonizado una combativa huelga para obtener reducción del horario de trabajo y supresión de diversas multas de castigo aplicadas por la empresa. El movimiento contó con la solidaridad de otros gremios, rumoreándose insistentemente la posibilidad del estallido de una huelga general. El clima laboral y social era propicio para el desarrollo de un paro de grandes proporciones. Los precios de los alimentos habían comenzado a subir rápidamente, mientras los salarios bajaban. Los activistas populares que actuaban en distintos sectores lo hacían en un terreno fértil, proclive a la demanda y la movilización.

En ese contexto debe ser analizado el problema de los liderazgos sociales y políticos de las jornadas de la “semana roja”, especialmente en el caso de los gremios que concurrieron organizadamente a sumarse a la protesta.

A pesar de que la intervención ácrata en las acciones directas nunca pudo ser probada fehacientemente, los rumores y las informaciones proporcionadas por la prensa y los parlamentarios insistieron sobre ese punto, sugiriendo una pista de investigación que debe ser explorada más profundamente. En este sentido se inscribe, por ejemplo, la noticia entregada por El Diario Ilustrado sobre la muerte de un italiano abatido a balazos por la policía durante el segundo día de enfrentamientos:

“De los caídos, uno de nacionalidad italiana fue cogido por la turba. De una de las casa vecinas se les facilitó una silla.

Los amotinados amarraron en ella el cadáver del italiano, y haciendo de él su insignia, desembocaron en la Alameda, y por allí iniciaron su lúgubre desfile. Rodeaban el cadáver dos banderas negras”.

El rumor reporteado por el mismo articulista sobre la filiación ideológica de algunos heridos en la refriega, apuntaba en idéntica dirección:

“Dícesenos que más de uno de los heridos el 22 y 23, que se medicinan en los hospitales, preguntados qué son, han contestado que anarquistas. Y uno de estos heridos, al presentarse un sacerdote para auxiliarlo, lo rechazó con denuestos y blasfemias, diciéndole que era anarquista, que no creía en Dios ni el diablo, y así expiró”.

No obstante lo anterior, es imposible sostener la idea -muy difundida en aquella época en círculos de la clase acomodada- que atribuía al anarquismo una responsabilidad absoluta en todas las manifestaciones del descontento popular. A la luz de los conocimientos actuales, no parece razonable afirmar que la huelga portuaria de Valparaíso en 1903, la “huelga de la carne” de 1905 en Santiago y la “huelga grande” de la pampa y de Iquique en 1907 hayan sido “organizadas, mantenidas, alentadas y dirigidas por el anarquismo”. La injerencia de instigadores y activistas no significaba que un “estado mayor” revolucionario estuviese actuando en las sombras para promover la subversión y la toma del poder. Los objetivos de los agitadores de octubre parecen haber sido limitados y su acción no contó con un elevado grado de información, coordinación o claridad estratégica. Su labor se llevó a cabo en un contexto general de gran espontaneísmo, sin dar una orientación global al levantamiento. La ausencia del Ejército, que se encontraba en maniobras en el sur, no fue aprovechada para intentar un asalto a los arsenales, seguramente -como subrayó un diputado- porque “las turbas” carecían de una “dirección superior” y porque ignoraban que el parque donde estaban depositados los armamentos estaba defendido apenas por una docena de hombres. O como sostuvo otro diputado, la capital de la República había:

“[…] escapado milagrosamente por la impericia, por la falta de práctica de los jefes del desorden, que no comprendieron que con un centenar de hombres -y eran varios miles- habrían podido tomarse el Parque y sacar de allí todos los rifles y municiones que hubieran necesitado”.

El mismo punto de vista fue expresado por distintos órganos de prensa, entre ellos El Mercurio de Valparaíso, al analizar los acontecimientos del 22 de octubre:

“El pueblo amotinado obraba sin orden ni concierto, sin una dirección superior que guiara sus movimientos, lo que ha venido a demostrar que la subversión iniciada en la tarde del domingo último ha sido absolutamente ajena a la acción de las sociedades obreras de Santiago y su iniciativa se debe sólo a la desgraciada inspiración de las clases de la más baja extracción social”.

Los caudillos de las masas que emergieron durante la refriega no tenían unidad de miras, produciéndose situaciones aparentemente paradójicas como la descrita en sus Memorias por el otrora líder ácrata Alejandro Escobar y Carvallo, quien cuenta que durante el primer día de rebelión se tropezó con el ingeniero Eduardo Pardo Correa, “de filiación positivista”, el que “fuera de sí por la indignación andaba corriendo la voz entre las turbas enloquecidas de irse a tomar los Arsenales de Guerra y él, personalmente, quería formar una columna”. Escobar, partidario de la “acción directa”, convenció al positivista y a sus acompañantes acerca del carácter suicida del proyecto….

El comportamiento de la multitud revelaba que la revuelta era social y no política, siendo el espontaneísmo su rasgo principal, según se consignó en los informes presentados por la policía a los tribunales encargados de investigar los desórdenes del 22 de octubre:

“[…] no fue [sic] un hecho preparado de antemano, ni obedeció a instigación o influencia de asociaciones ilícitas, ni a publicaciones que pudieran influir en el ánimo del pueblo en ese sentido. Fue, por el contrario, un hecho ocasional, sin dirección alguna y sin objeto conocido; un acto impulsado, casi podría decir inconsciente, que principió por un grito que fue repetido de boca en boca hasta hacerse general en esa masa del pueblo, por hábito turbulento; que se hizo amenazador al creerse, el pueblo, desairado por S. E. el Presidente de la República, a quien suponían en la Moneda y que degeneró en ataque contra la propiedad fiscal y particular y contra personas de los agentes de la autoridad, no con un fin práctico o determinado, sino por el espíritu batallador, resuelto y temerario de ese mismo pueblo”.

La labor de los agitadores se efectuó, con arreglo a la misma fuente, sobre un telón de fondo de espontaneísmo de la muchedumbre; quienes la incitaron al “desorden y al ataque” lo hicieron:

“[…] cuando los sucesos se habían producido, durante el desarrollo de ellos, y después que los revoltosos fueron desalojados de la plazuela de la Moneda y empujado a la Alameda; y sólo hablaban dos o cuatro palabras a las que la multitud no ponía atención por dedicarse a recoger piedras con que ofender a la policía a gritar o a huir de las cargas que ésta se veía obligada a dar a cada momento para restablecer el orden”.

Los acontecimientos del lunes 23 tuvieron un origen distinto puesto que en ellos pesó de manera gravitante la acción ya descrita de los activistas del movimiento obrero que empujaron a los trabajadores de distintas fábricas, talleres, maestranzas y edificios en construcción a la huelga general tras sus reivindicaciones específicas. Ese día, a juzgar por el parte policial:

“[…] hubo premeditación, hubo personas que instigaron a la revuelta, hubo, en fin, unidad de propósitos, aunque faltaron, afortunadamente, personas resueltas y que gozaran de algún ascendiente sobre la multitud, que hubiese dirigido a ésta para conseguir los fines que se proponía”.

Las manifestaciones de buena parte del 23 de octubre portaban el sello del movimiento obrero organizado, expresándose prácticas, tendencias y confluencias de más largo arrastre que la mera protesta inorgánica u ocasional. No por casualidad, por ejemplo, los trabajadores de la Tracción Eléctrica actuaron ese día en estrecha unión con los panaderos, con los cuales se reunieron antes de concurrir a la Alameda “en un sitio ubicado en la calle de Mapocho frente a Baquedano, organizándose en un salón de obreros que hay en la calle de Libertad esquina de la plaza de Yungay y en donde les dirigió la palabra un señor Valdivieso”. Ambos gremios mantenían estrechos lazos de confraternidad que se habían manifestado pocas semanas antes de la “huelga de la carne” en la solidaridad activa de los panificadores a la huelga de los tranviarios. Pero una vez desencadenadas las primeras acciones de violencia, la espontaneidad primó por sobre cualquier conducción inicial de gremios y grupos de trabajadores que habían concurrido de manera ordenada.

Por lo demás, la inmensa mayoría de los 554 detenidos durante los días 23 y 24 de octubre lo fueron por acusaciones que revelaban objetivos “primarios” de los manifestantes: a más del 92% (512 personas) se les inculpaba por supuesta participación en desórdenes, asaltos, lanzar piedras y quebrar faroles, acciones típicas de cualquier revuelta social espontánea. Los individuos acusados de atentar con armas de fuego contra la policía fueron apenas 5, una ínfima minoría (0,9%), esto es, el mismo número de aquellos sindicados como autores de destrucciones de cajas telegráficas o cortes del alumbrado eléctrico y del cable subterráneo del tranvía, atentados que podrían revelar cierta premeditación y el seguimiento de un plan destinado a golpear severamente a las fuerzas policiales o impedir los llamados de auxilio a las tropas del ejército. Más difícil de interpretar es el grupo de 32 personas (5,7%) que en la estadística policial aparecían arrestadas bajo las inculpaciones de “cargar armas, acometer contra los agentes y ser ladrones conocidos”, ya que la amalgama impide hacer una distinción clara entre delincuentes habituales y posibles partidarios de la violencia como medio de lucha revolucionaria contra el Estado y sus organismos represivos.

Si bien el paro y la protesta iniciales fueron el fruto de una cuidadosa preparación, las jornadas de la “semana roja” se caracterizaron por un alto grado de impremeditación y carencia de coordinación entre los distintos grupos que cometieron hechos violentos. Posiblemente, la acción de ácratas y, tal vez, de algunos “demócratas doctrinarios” de tendencia socialista, se vio reforzada por el surgimiento de improvisados caudillos que arengaron y estimularon a la muchedumbre para que radicalizara su comportamiento aunque detrás de ello no existiera ningún plan de conjunto, según se desprende de todas las evidencias y testimonios. Los propios anarquistas quedaron asombrados por el movimiento de masas que se formó en torno a la consigna de derogación del impuesto al ganado extranjero, como lo reconoció posteriormente Alejandro Escobar y Carvallo:

“Aunque habíamos acostumbrado al pueblo a enseñorearse de la calle y éramos los capitanes reconocidos de la multitud proletaria, no tuvimos, sin embargo, participación ninguna en la organización del comicio mencionado. No comulgábamos con las sociedades mutualistas, por considerarlas reaccionarias”.

Agregando que al asistir el 22 de octubre a observar a la concentración de las sociedades obreras, se sorprendió de ver una concurrencia superior a las 20.000 personas.

La actitud de los ácratas, reflejada en el relato de Escobar, consistió en sumarse, por solidaridad, entusiasmo e instinto revolucionario a la rebelión espontánea de los desheredados. El mismo dirigente cuenta que durante el segundo día del levantamiento se encontró con algunos compañeros y amigos de su tendencia, “quienes habían acudido por su cuenta a solidarizar en el peligro con las masas revolucionarias”, añadiendo que les hizo “comprender la inutilidad de tales esfuerzos pues no había organización alguna de parte del pueblo, ni éste disponía de armas para combatir con probabilidades de éxito”. El puñado de anarquistas liderado por Escobar se dedicó entonces a recorrer la Alameda para pedir a sus camaradas que “se retirasen a sus casas y no contribuir con sus acciones de violencia a la prolongación de la masacre del pueblo”.

Las investigaciones realizadas por la policía para detectar las responsabilidades de los ácratas en el desencadenamiento y conducción de la violencia tampoco arrojaron resultados concluyentes.

Un caso muy interesante, revelador de ciertos aspectos del universo libertario de la época, es el referido a Policarpo Solís Rojas, zapatero de 32 años, propietario de un pequeño taller situado en la calle Maestranza Nº 328, fichado por los servicios policiales como activo militante anarquista. Según los informes de los agentes de la 6ª Comisaría, que aparentando ser simples clientes acudieron a su taller para sonsacarle informaciones, Solís habría confesado que todos los jueves a las 20 horas asistía a las reuniones de obreros que se celebraban en la Alameda frente a la calle Castro, a fin de intercambiar ideas sobre el anarquismo. Igualmente, de acuerdo con lo reportado por el inspector Emiliano Quinteros y el agente Zorobabel Prado, el zapatero habría manifestado que la conducta de la policía en los sucesos de octubre “había sido brutal, pues había procedido a sablear y matar sin piedad a sus hermanos que no hacían otra cosa que pedir pan”, lo que justificaba la actitud del pueblo. Respecto de su propio rol en esos acontecimientos, según los agentes policiales, Solís habría reconocido que el domingo 22:

“[…] había llegado a quedar ronco de tanto hablarle a la muchedumbre, incitándola a defender sus derechos y condenando la actitud de la policía, y que el lunes 23 no había salido a causa de que se enfermó de la rabia y el trabajo del día anterior”.

Pero en sus declaraciones judiciales Policarpo Solís negó ser “de los anarquistas que sólo quieren la destrucción y la muerte”, y afirmó que sus ideas eran muy distintas y se basaban en “la ciencia y en el estudio” que había hecho de “los más ilustres autores socialistas”, precisando respecto de su filiación ideológica:

“Más precisamente, no soy anarquista, sino que estudio este sistema para contribuir cuando de él tenga cabal conocimiento, a que se ponga en práctica o por lo menos, se generalice entre los hombres de trabajo”.

Y justificó la abundante literatura ácrata encontrada en el allanamiento de su domicilio diciendo que esos textos habían llegado a su poder, del mismo modo que otras obras, porque le gustaba “leer de todo, sin exclusión de las que tratan de doctrinas o teorías contrarias” a las suyas.

¿Se trataba solamente de un artificio para engañar a la justicia? ¿O tal vez las declaraciones de Policarpo Solís también eran el reflejo de cierta ambigüedad ideológica que aún persistía en los grupos populares de izquierda?

Sabemos que las fronteras entre el anarquismo y el socialismo todavía no eran completamente nítidas. El proceso de diferenciación era creciente, pero no había culminado. Un buen ejemplo de la imprecisión ideológica reinante por aquel tiempo es la trayectoria de Alejandro Escobar y Carvallo, fundador en 1897 de la Unión Socialista junto a Hipólito y Gregorio Olivares, provenientes de Partido Democrático, y Luis Olea y Magno Espinoza, los dos últimos de reconocida trayectoria posterior en las filas anarquistas. Esta primera organización socialista fue efímera y al año siguiente Escobar, Olea y Espinoza incursionaban más directamente en la militancia ácrata fundando el periódico La Tromba, que marcó el inicio de una actividad independiente de los militantes libertarios en Chile.

De todas maneras, la definición política-ideológica de Escobar no parece clara hacia 1905. En sus Memorias, redactadas en la vejez, evitó cuidadosamente el empleo del vocablo anarquista para referirse a su pasado militante, prefiriendo autodefinirse como “socialista”. Tal vez se trató de un reacomodo ulterior, de una reescritura destinada a justificar su evolución política. Lo cierto es que encontrándose en Tocopilla durante el invierno de 1905, conforme a su propia versión, convino con los demócratas Luis Emilio Recabarren, a la sazón impresor y redactor del periódico El Trabajo, órgano de la Mancomunal de esa ciudad, y Lindorfo Alarcón, presidente de la Agrupación Democrática y tesorero de la Municipalidad de la misma localidad, “trabajar en la obra, por decirlo así, de socializar el Partido Democrático”. Para cumplir su compromiso Escobar ingresó inmediatamente al partido, de modo tal que en octubre de ese año, cuando intervino en los sucesos de Santiago, su militancia formal era en las filas de “la Democracia” aunque su ideario era socialista-libertario. Lo que estaría probablemente en contradicción con lo afirmado por el mismo Escobar y Carvallo en una conferencia dictada en 1908, cuando señaló la época en que Recabarren escribía en el periódico La Democracia, esto es, entre 1899 y 1901, como fecha de inicio de su política de “entrismo” en el Partido Democrático a fin de operar en su seno “una evolución doctrinaria hacia el Socialismo”, en acuerdo con el propio Recabarren y los hermanos Jonatás e Isaías González.

¿Fue excepcional la trayectoria de Escobar y Carvallo? La historiografía no ha dado una respuesta categórica a esta interrogante. No obstante su derrotero zigzagueante, similar al de otros anarquistas que también terminaron apoyando a la dictadura populista de Ibáñez hacia fines de los años 20, es indicio de cierta ambigüedad y laxismo ideológico en el campo popular. Algo parecido acontecía en aquella época con el pensamiento político de Luis Emilio Recabarren, en pleno proceso de cambio y maduración. Sus polémicas con los ácratas hacia 1904-1905 se desarrollaron, paradojalmente, en los precisos momentos en que sus posiciones se acercaban considerablemente a las de los socialistas libertarios, llegando a sostener, por ejemplo, que las diferencias entre demócratas, socialistas y anarquistas tenían que ver solamente con los medios para conseguir los mismos fines.

Es posible, por lo tanto, que las declaraciones del zapatero Policarpo Solís no fuesen un mero artilugio defensivo. Aunque es preciso recalcar que su autorretrato político hecho ante la justicia contrastaba radicalmente con la versión de los policías que lo habían investigado. Según los polizontes, Solís era un activo militante anarquista, dedicado a la propagación de esa doctrina, tanto de viva voz como repartiendo impresos, incluso entre las tropas de la policía de seguridad, especialmente en la 6ª y la 2ª Comisaría. También se le sindicaba como uno de los miembros del centro libertario “La Luz” que habían embestido en la Alameda de Santiago la procesión del Santo Sepulcro el Viernes Santo, oportunidad en la que Solís había “dirigido varios discursos al pueblo, invitándolo a atacar a la policía y a los particulares para hacer triunfar su causa”.

Policarpo Solís tenía, en verdad, un pasado fácilmente identificable con la acracia. Desde 1900 había figurado como dirigente del Ateneo Obrero de Santiago junto a Esteban Cavieres, Alejandro Escobar y Carvallo, Víctor Soto Román y otros conocidos libertarios. En diciembre de 1901 fue uno de los oradores de la manifestación contra la guerra (con Argentina) que organizó en la Alameda de Santiago la Casa del Pueblo, de indiscutible orientación anarquista. En 1904 había publicado una compilación de Poesías Acratas, que recogía textos de Alejandro Escobar y Carvallo, Magno Espinoza, Inocencio Lombardozzi, Tomaso Pepi, Luis Olea y otros de sesgo abiertamente libertario. Su figura puede ser considerada arquetípica de los militantes populares de comienzos del siglo XX, místicos y fervorosos difusores del ideario de regeneración y emancipación de los trabajadores.

En mayo del mismo año 1904, en tanto representante de la “Casa del Pueblo”, había sido marginado del Congreso Social Obrero junto a los demás delegados anarcos por la mayoría demócrata-mutualista. Pero, es probable que hacia 1905 Policarpo Solís haya sido una persona con doble militancia, al estilo de Escobar y Carvallo, ya que este último lo citó en 1908 como uno de los elementos que siguió implementando en colaboración con Recabarren al interior de la Agrupación de Santiago el plan destinado a “socializar” el Partido Democrático acordado en torno al cambio de siglo con el propio Escobar y Carvallo, Recabarren y los hermanos González. Por lo demás, el mismo Escobar y Carvallo mencionó en sus Memorias a Solís como uno de sus “antiguos camaradas” (es decir, anarquistas) que en 1906 integraba la “Escuela Socialista”, un grupo que actuaba al interior del Partido Democrático para imprimirle una orientación de tipo socialista. Posteriormente, en 1911, Solís participó codo a codo con sus correligionarios demócratas de la “Escuela Socialista” en la fundación de un “Partido Socialista Chileno”, de efímera vida, que terminó en 1913 fusionándose con el Partido Obrero Socialista, creado por Recabarren en 1912.

Independientemente de la definición exacta acerca del nivel de cercanía y del verdadero grado de compromiso militante del zapatero Solís con el anarquismo chileno en 1905, lo cierto es que la policía no pudo aportar pruebas acerca de su participación en las acciones violentistas de octubre. Una nebulosa flotó sobre su comportamiento y el de sus compañeros libertarios. La presencia ácrata se intuyó, se percibió en el ambiente aquí o allá, pero no pudo ser aprehendida claramente por los observadores que, del mismo modo que los historiadores, tuvieron que conformarse con especulaciones y sospechas.

El amotinamiento popular fue, como hemos venido afirmando, espontáneo. Los líderes de la revuelta emergieron del propio movimiento, al calor de la lucha, sumándose a ellos algunos militantes más experimentados, como los ácratas y otros, que por solidaridad y cultura política tendían a apoyar toda acción de masas que cuestionara el orden establecido.

En todo caso, la asonada de octubre reveló la existencia de distintas opciones políticas que aspiraban a conducir al movimiento popular. Además del anarquismo, disputaba la dirección del movimiento al oficialismo demócrata (o fracción “reglamentaria”), la tendencia demócrata “doctrinaria” o demócrata-socialista encabezada por Luis Emilio Recabarren. Mientras la fracción doctrinaria de Malaquías Concha y Artemio Gutiérrez condenó “con la mayor energía” esos “extravismos de las pasiones populares” y reafirmó como único medio para el mejoramiento de la condición popular el llevar al parlamento a sus representantes, la corriente demócrata-socialista acusó a la policía de haber provocado a los manifestantes y aconsejó a los trabajadores acudir a las futuras manifestaciones “convenientemente preparados” para que el pueblo no fuera “víctima de nuevas sorpresas, asaltos y atropellos”. Las contradicciones entre ambos grupos demócratas se acentuaron a raíz de la actitudes asumidas frente a la revuelta popular. Así, el Directorio General del sector “reglamentario” acordó disolver y reorganizar la Agrupación de Santiago debido a sus discrepancias respecto al método para elegir candidato a diputado y por “la propaganda de socialismo anárquico” de que hacían gala muchos de sus militantes.

Por sobre las diferencias entre las distintas corrientes políticas presentes en el movimiento popular, las masacres de octubre dejaron una huella profunda entre los trabajadores. Sus organizaciones sintieron el golpe recibido como un ataque contra el conjunto de la clase, contribuyendo al reforzamiento del pesimismo, el clasismo y un emergente sentimiento de misticismo y martirologio proletario, ya presente durante la huelga portuaria de Valparaíso en 1903. Al poco tiempo, las matanzas de Antofagasta, Iquique y otras darían mayor amplitud a este estado de ánimo, que a lo largo del siglo XX recorrería toda la geografía del mundo popular. Uno de los redactores de El Alba, órgano de la Federación de Carpinteros de Santiago, bajo influencia de la corriente libertaria, al hacer el balance de los sucesos de octubre expresaba esta percepción:

“Los trabajadores una vez más hemos sido derrotados, los eternos esclavos recibimos otra vez el castigo por nuestra ignorancia e inexperiencia […]

Es doloroso decirlo, pero es lo cierto, somos muy atrasados en organización social y hay por desgracia un espíritu muy estrecho para poder juzgar y ver los hechos”.

Y uno de sus compañeros afirmaba:

“Los charcos de sangre con que se han regado las calles serán recuerdos imborrables en el corazón del trabajador universal, serán chispas incendiarias de odio a los tiranos y asesinos del 22 de octubre de 1905.

[…] Los héroes del trabajo y mártires de la saña burguesa en las jornadas del 22, no pasarán por ignorados en los corazones de los más esforzados luchadores, ellos han sido los centinelas que han muerto en el puesto que les correspondía, defendiendo el derecho de vida y conquistando nuevas libertades para el futuro. Ellos han preferido antes que la muerte tortuosa y lenta, con que los acosa el hambre, han buscado una muerte corta, pero llena de sublime ejemplo para los que más tarde vayan a llenar el vacío que ellos han dejado en defensa de lo que ellos defenderán mañana”.

De estos rasgos -pesimismo, clasismo, misticismo y martirologio proletario- probablemente el más marcadamente presente en las jornadas de octubre fue el clasismo. Tanto en los desfiles organizados como en los momentos más álgidos, siempre estuvo presente la clara percepción acerca de la oposición de burgueses y proletarios, ricos y pobres. A ello apuntaba la pedagogía que los activistas populares desplegaron aquellos días en sus discursos, pancartas y gritos de mando. Así, en la Maestranza de los Ferrocarriles del Estado –según lo declarado bajo juramento por el jefe de los inspectores de esa sección- el 23 de octubre el obrero N. Gutiérrez del taller de cobrería y los pintores N. Sepúlveda y Pablo Leiva exhortaron a sus compañeros a la huelga: “Gutiérrez llevando en un palo un pañuelo rojo, que tenía las figuras de dos fieras luchando”, y Leiva y Sepúlveda explicando que “una fiera representaba al rico y otra al proletario”[107]. Y en muchos otros lugares, especialmente al calor de las refriegas, los gritos y consignas de la masa contra los ricos y especuladores dieron un marcado sabor clasista a la asonada de los santiaguinos pobres.

Fuente: http://www.estudioshistoricos.uchile.cl

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