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[Documento] Memoria Histórica | ‘El Anarquismo en Chile. De los ácratas intuitivos a la Huelga Portuaria [1era parte]’

 Escrito por Marcelo Mendoza Prado.

Indefectiblemente, la historia anarquista está ligada al desarrollo del movimiento obrero. Ilustrados, rigurosos, puros y puristas, casi todos los ácratas al comienzo o eran zapateros o eran sombrereros o eran carpinteros o eran tipógrafos o eran panaderos. Trabajaban con sus manos, eran artesanos. Severamente artesanos.

La anarquía es el singobierno, dice Malatesta: la sociedad natural no necesita gobernarse. Solo requiere del entendimiento común, asegura Kropotkine. Antes, Bakunin había dicho que la revolución es el fenómeno humano natural para quitarse de encima el poder (del Estado, de la propiedad, de Dios). Es que los libertarios –como se llaman a sí mismos- estiman que el contrato de la voluntad general viola la libertad individual e impone una autoridad ajena. De ahí que casi siempre se marginaran de la acción propiamente política.

Inorgánicos, rebeldes, insubordinados, insurrectos, discutidores, ingobernables, los ácratas por lo general no tienen nada de caóticos. Es más, se les pinta de ordenados.

Individualistas medulares al mismo tiempo que solidarios como nadie: ¿cómo se entiende? Clotario Blest dijo de ellos: “Balofé, Triviño, Augusto Pinto, hombres íntegros, porque los anarquistas, cuando son anarquistas, son abstemios, no comen carne, son tipos Mahatma Gandhi; tremendos, de una estrictez moral terrible. Por eso es que no hicieron partido grande, porque la gente se asustaba”.

Cuesta desentrañar su cuento. Poco onada se ha escrito de sus cien años en Chile. Y eso que durante un vasto período controlaron los sindicatos más grandes del país. Vaya este intento por saldar cuentas pendientes.

“Se daba por apóstata de la más exagerada democracia; y en esa contienda había demostrado una implacable exaltación contra los poderosos, ya lo fueran por el ejercicio del mando, ya por la posesión de cuantiosos bienes de fortuna. En una pobrísima imprenta había publicado, en agosto de 1845, un periodiquillo titulado El Duende, del que alcanzaron a salir cuatro números. Reemplazó enseguida por otro que llamó El Pueblo. En el número 7 incitaba a la revuelta popular”.

Así describió Barros Arana al primer anarquista chileno: el tipógrafo Santiago Ramos. El historiador Marcelo Segall lo ratifica, en 1962: “El Duende es el primer órgano popular. Contradictoriamente ácrata, peor redactado, es el primer paso del periodismo revolucionario obrero”.

Es claro que se trata de un anarquismo intuitivo, tal vez de contradictorio tipógrafo mal redactor, pero que así y todo pone de la mano el devenir del obrerismo chileno con los rumbos de la acracia, como su más cercana compañera, a pesar de que la historia oficial escasas veces lo ha dicho.

Un poco más tarde, en marzo de 1850, el sombrerero Ambrosio Larracheda, el zapatero Manuel Lúcares y los sastres Cecilio Cerda y Rudecindo Rojas eran los primeros atrevidos adherentes de la naciente subversiva “Sociedad de la Igualdad”. Santiago Arcos y Francisco Bilbao, sus fundadores, estimaron que el hasta entonces “Club de la Reforma” tenía objetivos puramente electorales y no estaban dispuestos a continuar con eso. Se requería de un movimiento de vanguardia que propiciara cambios radicales a favor de los desamparados. Dos años antes, Arcos había vuelto de Europa y traía consigo un cúmulo de nuevos idearios que estuvieron presentes en la revolución francesa de 1848. Cierto que, doctrinaria y prácticamente, el anarquismo aún no se consolidaba como tal (a pesar de que Proudhon, maestro de Bakunin, años antes ya había acuñado el término) pero sus parientes cercanos sí estaban florecientes: el socialismo utópico –saintsimoniano y proudhoniano- el federalismo, Fourier y sus falansterios, el comunismo puro.

Los aires de Santiago comenzaban a enturbiarse: “Continúa la alarma. Anoche se ha reunido la “Sociedad de la Igualdad” con más de mil socios. El gobierno le teme, cree que de ella ha de salir la revolución”, llegó a anotar José Victorino Lastarria en su Diario. Pero no. Prontamente aquella agrupación, precursora también de los libertarios chilenos fue reprimida en forma tenaz: exilio para Arcos y para Bilbao. La sublevación se sosegaba.

Sin embargo, el ejemplo fue importante. Al año siguiente floreció la “Unión de Tipógrafos”, que no sólo se ciñó al ideario proudhoniano sino que se conoce como la primera organización obrera solidaria del país. Una década después, Fermín Vivaceta creaba la “Sociedad de Socorros Mutuos”. En 1866, el socialista utópico Ramón Picarte intentaba llevar a cabo el proyecto más revolucionario hasta entonces: una comuna (falansterio) a lamanera de Fourier en Chillán. El ejemplo cundía, en Valparaíso: la “Sociedad Republicana Francisco Bilbao”, en 1873.

Para el inicio de la Guerra del Pacífico, los liberales y radicales tenían el poder sobre las 60 mutuales existentes. Por eso, dos años más tarde, para la llegada de una delegación de la Primera Internacional a Chile, era evidente que ese tipo de organización solidaria no satisfacía a los obreros más radicalizados. A aquellos que propiciaban la creación de organismos reivindicativos; y, sobre todo, a los que estimaban que el cambio de sistema era la única solución para la clase trabajadora. De esas dos vertientes surgirán los dos sectores más importantes del movimiento obrero chileno. Ciertamente los anarquistas siempre se han planteado como insurrecciónales. Y es así como se entiende su escasa participación en el Partido Democrático (fundado en 1887), ya que consideraban que la estructura partidaria en sí era parte del sistema de poder que querían cambiar, incluso siendo que aquel conglomerado nació como partido de los trabajadores. Como alternativa, ese mismo año, los ácratas intuitivos crearon la “Sociedad Unión Republicana del Pueblo”.

 

2MAGNO, ESCOBAR Y OLEA: LOS TRES

Se sabe que en 1892 ya existía el primer centro de estudios sociales declaradamente anarquista, en Valparaíso. Y que al año siguiente da a luz el primer periódico libertario chileno: El Oprimido que resistió cuatro números.

El ruso Mijail Bakunin, principal ideólogo y líder del anarquismo, había muerto en Suiza en el 76. Como ocurre en forma análoga en Chile, dice el historiador López Cortezo, la vida de este revolucionario es vital por la “primerísima importancia que tuvo en la historia del movimiento obrero internacional”. Así se entenderá, en el caso chileno, que para 1896 comiencen de lleno sus actividades tres líderes libertarios de incalculable valor para el desarrollo de la causa proletaria: Magno Espinoza, Luis Olea y Alejandro Escobar Carballo.

Ese año afloraban dos organizaciones de tendencia anarquista: el “Centro Social Obrero”, en el que participaban el poeta Carlos Pezoa Véliz, Juan Bautista Peralta, Escobar Carballo (firmaba Eskobar y Karbayo) y Espinoza, quienes imprimieron el periódico El Grito del Pueblo; y la “Agrupación Fraternal Obrera”, liderada por Luis Olea.

En 1897, ambas organizaciones se fusionaron con socialistas igualitarios –como Hipólito Olivares e hijo- y crearon la “Unión Socialista”. A pesar de que en la sesión inaugural fueron víctimas de la acción de agentes policíacos infiltrados, lograron proseguir y dieron vida al periódico El Proletario (a cargo de Olea, colaboran Espinoza y Escobar), que soportó tres números. Asimismo desapareció la “Unión Socialista”. Estaba claro: discrepancias ideológicas y persistente infiltración de la policía.

Al siguiente año las cosas cambian. Olivares e hijo crean el primer Partido Socialista de Chile y también nace el Partido Obrero Francisco Bilbao. Ambos son perseverantes en atacar a los anarquistas. Pero estos día a día se consolidan. Escobar lee el importante libro ácrata La conquista del pan de PiotrKropotkin, y junto al incansable Luis Olea editan dos números de La Tromba. Por su parte, el mecánico Magno Espinoza actúa con su grupo “Rebelión” y publica el periódico El Rebelde. Para el primero de mayo, los libertarios realizaron la primera manifestación en Chile recordatoria de los mártires de Chicago (tres de ellos anarquistas). La tarea sigue: Escobar crea la “Sociedad de Carpinteros y Ebanistas”, y junto a Olea y Espinoza difunden “la idea” en el Salón de Panaderos. Para nada cansados, convierten a sus huestes a la “Sociedad de Instrucción y Socorro Mutuos Caupolicán”, que reúne a obreros y artesanos. Entre ellos: Esteban Caviedes y Luis Morales. Caviedes pronto se encargó de fundar la primera sociedad de resistencia, con los obreros de la maestranza de ferrocarriles.

Este hecho acrecentó de manera firme las bases de la idea libertaria, puesto que- como anota el historiador Claudio Rolle (1)- “los fines y las tácticas de este tipo de organización eran fundamentalmente distintos de los de las sociedades de socorros mutuos e incluso de las mancomunales que estaban naciendo en el norte”. Las primeras, entidades solidarias de beneficio material; las segundas, de carácter reivindicativo. El investigador estadounidense Peter de Schazo afirma que las sociedades de resistencia estaban organizadas para la acción (2). El obtener beneficios laborales sólo era la primera etapa de un vasto proyecto largoplacista destinado a la eliminación del sistema, vía un acto revolucionario. Por eso, y valga recalcarlo, la huelga anarquista teníaun carácter insurreccional: guerra contra el Estado y todas las formas de poder. El historiador Luis Vitale, a su vez, asegura que estas sociedades “pueden ser consideradas como las primeras organizaciones sindicales chilenas” (3).

 

3

LA EXPULSIÓN DE LOS ANARQUISTAS
En 1899 el Partido Obrero Francisco Bilbao se pasó al anarquismo; los periódicos El Pueblo, El Jornal y La Antorcha (revista literaria de vanguardia, dirigida por Mario Centore) difunden “la idea”; los jóvenes intelectuales Francisco Garfias y Carlos Garrido Merino se ponen la A en el pecho; igual los pintores Benito Rebolledo, Julio Fossa, Julio Ortiz de Zárate, el poeta Max Jara, Agustín Saavedra; en Valparaíso, claro, el acuarelista autodidacta Alfredo Helsby, Luis Olea, pertinaz, se encarga de el centro de estudios “El Ateneo Obrero”.

La anarquía amenazaba. El siglo veinte se inició con la noticia de los gráficos – la vanguardia obrera urbana- que se casaban con la idea libertaria: José Tomás Díaz, Eulogio Sagredo, Nicolás Rodríguez. Prosiguió con el nacimiento de la primera federación anarca: la de “Obreros de Imprenta”. Magno Espinoza, entretanto, tenía que marcharse a Valparaíso. Todas las impresoras de la capital se negaban a darle trabajo por agitador. En torno al grupo “La Antorcha”, nace “El Ateneo de la Juventud”. Las publicaciones crecen: El Acrata (al principio dirigida por Espinoza, luego por Díaz) que vive catorce números; La luz (a cargo del mismo Díaz); El Faro y El Siglo XX. El año no concluye antes de que la idea libertaria prendiera en la mancomunal de los portuarios en Iquique. Y de que los ácratas iniciaran una tenaz campaña contra el servicio militar obligatorio. Para 1901, Piero Gori, lugarteniente del ideólogo anarquista italiano Errico Malatesta –exiliado en Argentina- pisa suelo chileno. Su influencia es determinante para reafirmar algunos reductos ácratas que se veían desfallecidos. Es que producto de la repulsión por lo orgánico muchas veces la consistencia se debilitaba. En todo caso, la acracia seguía pariendo: la “Sociedad de Resistencia de los Carpinteros”; la “Casa del Pueblo”, primera cooperativa de consumo estrictamente anarquista (se acabó en 1904); en Lota, Luis Morales fundaba la “Sociedad de Resistencia del Carbón”, extendiendo el movimiento más allá del original marco de la zona central en que se inició. En Valparaíso, los infatigables Magno Espinoza y Alejandro Escobar creaban la “Sociedad de Resistencia de Panaderos” y la “Unión de Tripulantes de Vapores”, iniciadora de la trágica huelga de 1903.

La acción directa seguía siendo el modo de protesta y propuesta anarquista. Pero desde 1902 ésta comienza a llevarse a cabo de manera extensiva. Así, consecuentes, los tres puntales del anarquismo chileno –Olea, Escobar, Espinoza- lideran en junio una huelga de obreros de imprenta, igual, Esteban Cavieres comanda un paro total de las maestranzas de Santiago y Valparaíso. Luego de ello, se consigue que la empresa retire sus demandas contra la sociedad de resistencia. A poco de eso ya se había creado la “Sociedad de Conductores y Cobradores de Tranvías”, que inició sus actividades con una gran huelga exigiendo mejores salarios.

Concluye el buen año con un suceso no tan bueno: en el primer (y único) Congreso Social Obrero –que reunía a las mutuales, las cooperativas de consumo, las sociedades de resistencia y los centros de estudios sociales-, en medio del evento, los anarquistas son expulsados por “impedir facilitar acuerdos”.

 

4BAKUNIN DE LAS MERCEDES
La misma calle Pío Nono que hoy cruza el recurrido barrio Bellavista, sirvió en 1903, de amparo a una colonia anarcocomunista. Sí. Los obreros franceses Alfonso Renoir, Aquiles Lemir y Francis Robert, el insaciable Alejandro Escobar Carballo, Benito Rebolledo, Temístocles Osses y el zapatero Augusto Pinto fueron los primeros comunitarios moradores. La casa se hizo pequeña. Se trasladaron a otra, en calle Dominica. La policía arremetió varias veces, allanándola. Y los dineros se fueron haciendo escasos.

Cuando aquella comunidad pasaba por sus peores momentos, otro grupo –esta vez de artistas e intelectuales- intentó llevar a cabo una experiencia similar, pero lejos, en las orillas de lago Villarrica. Partieron en tren. Recién llegados a Concepción, los escritores Augusto D‟Halmar y Fernando Santiván y el pintor Julio Ortiz de Zárate notaron que el destino era muy lejos. Volvieron. Pero no del todo fracasados: bajo el auspicio del poeta Manuel Magallanes Moure se quedaron en San Bernardo. La idea era establecer una colonia anarcocristiana inspirada en las ideas de León Tolstoy.

Escribe Santiván, en Memorias de un tolstoyano: “La coloniahabía sido motivo de comentarios favorables y fantasiosos. Casi todos reconocían que se trataba de un acontecimiento espiritual de reacción contra el practicismo reinante. Pezoa Véliz, Rafael Valdés, Pablo Burchard, José Backhaus y otros artistas conocidos solicitaban ingresar. Eran numerosos los que pedían datos sobre nuestra actuación y deseaban saber cómo podrían ayudarnos o acompañarnos. El cable había transmitido informaciones, probablemente a título de curiosidad, a otros países de Sudamérica y llegaban consultas desde Argentina y Uruguay”.

En su libro Recuerdos olvidados D‟Halmar anota que pronto fueron llegando diversos personajes: “Nudistas desensombrerados como el almirante Fernández Vial, vegetarianos y antivacunistas como Alfredo Helsby, el de las acuarelas porteñas, anarquistas como Alejandro Escobar y Carballo, su compañera y compañía, o como un imperbe zapatero francés que lo daba todo “pour la cause”, espiritistas como doña Maipina de la Barra, teósofos como don Tomás Ríos González, aún existentes, artistas como Benito Rebolledo, Carlos Canut de Bon, llamaron a las puertas de la colonia. Fue entonces cuando los otros tres pintores Valdés, Backhaus y Burchard fueron a engrosar sus filas y a cumplir sus requisitos: cada mañana arar la tierra, tomar té co mate, enseñar cada tarde en la escuelita; ver ponerse el sol cada anochecer”.

Sin embargo, como sostiene Santiván, el experimento sucumbió: “En cuanto a mis proyectos de carácter social, me resigné con dar fracasada y terminada nuestra aventura tosltoyana. Era absurdoempecinarse en algo que no tenía base, que acaso no la tuvo nunca. Ninguno de nosotros estaba maduro para realizar experimentos como los que habíamos propuesto”. Lo cierto es que antes de que la colonia expirara, varios ácratas de la primera comunidad de Dominica se trasladaron a San Bernardo. Entre ellos el zapatero Lamire y Escobar Carballo, que también hacía de médico homeópata y psiquiatra aficionado. Santiván se impresionó bien de ellos: “Eran de una bondad rayana en la ingenuidad. Cultos, sencillos, generosos. Al poco tiempo de tratarlos comencé a sentirme entre ellos mucho mejor que en compañía de mis cofrades tolstoyanos”.

Pero no todos los anarquistas aceptaban pertenecer a colonias. Tomasso Peppi, sombrerero ácrata italiano, decía: “El hombre debe ser libre, tan libre que jamás debe casarse o vivir amancebado”. Agrega Santiván: “Su afán de libertad era tan riguroso que ni siquiera aceptaba invitación a beber ni a comer”. El amor libre era también un tópico libertario. Magno Espinoza escribió en El Acrata: “El amor no será una mentira convencional, como lo es actualmente, en que la mujer tiene que vender su cuerpo como una mercadería cualquiera, entonces el hombre y la mujer se unirán libremente y gozarán de ese amor mientras dure”. Afirma luego que el matrimonio es antinatural.

Otro tópico era la identificación con los nombres. El mismo Espinoza nombró a su hijo Angiolillo, que es el nombre de un pistolero social italiano. La hija de Policarpo Solis se llamó Victoria de la Revolución Social. Relata Manuel Rojas en Sombrascontra el muro: “Montero, el anarquista de Valparaíso, la fiera de los sindicatos, cuando tuvo un hijo no quisto bautizarlo ni pasarlo por el Civil, le llamaba Bakunin no más; pero la mujer, que es católica, a escondidas lo bautizó para callado y lo pasó también por el Civil; quiso dejarle el nombre con que su compañero llamaba al chiquillo y le dijo al Civil que se llamaría Bakunin. El oficial, sin que ella lo supiera le agregó algo y el niño está registrado como Bakunin de las Mercedes Montero Lurepaiplán”.

5

En el mismo Valparaíso, el año 1903 no fue una fecha cualquiera. Luis Olea había llegado al puerto para secundar a Magno Espinoza en la confección de periódicos, en la creación de sociedades de resistencia y en la dictación de conferencias. La ola de huelgas promovidas por los anarquistas desde el año anterior tendría un momento cumbre. Los trabajadores portuarios, apoyados por los lancheros y los peones de la aduana, iniciaron el paro total en abril, exigiendo mejores salarios. Para fin de mes todo Valparaíso estaba parado, incluyendo a los gremios que plantearon sus propias demandas.

El día 27 las compañías navieras contratan rompehuelgas y, con la asistencia policíaca, intentan por la fuerza acabar con la paralización. No lo logran: los huelguistas, bajo la tutela ácrata, se resisten a enfrentamientos. Gracias a ello la movilización continúa. El 4 de mayo, Magno Espinoza llama a los trabajadores a la acción directa, para obligar a la transacción. El día 12 se produce una violenta batalla campal entre trabajadores y policías. Hubo robos, incendios y saqueos. La Compañía Sudamericana de Vapores fue incendiada. En la noche llegaron tropas militares de Santiago. Los anarquistas -que hacían huelgas rotativas: mientras unos paralizaban, los otros abastecían a sus compañeros; luego rotaban- pese a la amenaza bélica, insistían en continuar hasta las últimas consecuencias. Y así lo hicieron.

Un mes después, el periódico El Trabajo decía: “Desde la revolución de 1891 ningún suceso de carácter puramente social ha producido una conmoción más honda en el país que el movimiento obrero de Valparaíso (…) Han sido precisos cien o más muertos y cerca de mil heridos, un malecón y un palacio incendiados, medio centenar de casas saqueadas, meetings ardientes, destituciones y toda una conmoción nacional, para que la voz de una de las clases sociales que más sufre con el régimen de desgobierno y favoritismo que nos rige, se haya hecho oír del país y sus gobernantes”.

Sólo en la madrugada del 13 de mayo, cuando los hechos estaban consumados, las compañías cedieron. Aceptaron una comisión de arbitraje que luego de tres meses falló. Varias demandas fueron satisfechas. Y todos los portuarios, menos cien, volvieron al trabajo.

NOTAS

(1) Anarquismo en Chile 1879-1907, Santiago, 1985.

(2) Urban workers and labor unions in Chile 1902-1927, Madison, 1983

(3) Génesis y evolución del movimiento obrero chileno hasta el Frente Popular, Caracas, 1979.

[Escrito por Marcelo Mendoza Prado. Publicado en revista APSI, diciembre de 1986 y enero de 1987]

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