1 comentario

[Documento] Memoria Histórica | Canto libertario a la Pampa la tierra triste: a 106 años de la Masacre de Santa María de Iquique

Imagen

La masacre de la Escuela de Santa María de Iquique, uno de los capítulos más horrendos de nuestra vida republicana, una de las peores, sino la peor, “matáncica” de nuestra “histórica” “chilénica”. Y no son pocas: solamente en el siglo XX contamos más de medio centenar de masacres.

Imagen

Mirando desde abajo a la historia de las repúblicas americanas, y no desde los formulismos leguleyos ni desde la retórica de los gobernantes de turno, encontramos que masacres como la de Iquique no son una particularidad de Chile, sino que aparecen en toda Latinoamérica como auténticos puntos de inflexión en los cuales la verdadera naturaleza de la dominación de clase ha aparecido al desnudo, sin máscaras de ningún tipo. Muchas de estas matanzas han cumplido el rol del doloroso parto que ha terminado con cualquier ilusión que el movimiento popular aún pudiera albergar respecto a la burguesía.

Los Antecedentes de la Huelga y la Larga Marcha

Corría el año 1907, y la industria salitrera rugía con superlativo vigor en el rincón más árido del mundo, la provincia de Tarapacá, en el norte chileno, territorio arrebatado recientemente al Perú y a Bolivia durante la llamada Guerra del Pacífico (1879-1883). Esta industria se encontraba en manos, principalmente, de capitalistas ingleses y pese a producir enormes riquezas, poco de ésta iba a dar a las manos de los obreros que la producían con su sudor bajo un ardiente sol en este “infierno blanco”.

Bastante se ha escrito y dicho sobre las desgarradores contradicciones de clases de la república oligárquica de comienzos del siglo XX. Por tanto, no nos detendremos mayormente en las penurias de la vida obrera de esos años en las oficinas salitreras o las faenas mineras. Si bien puede decirse que la condición de los obreros pampinos era ligeramente mejor en comparación a la del resto de la clase obrera chilena, debido en gran parte al dinamismo de este sector dentro de la economía nacional, esto dice más de lo espantoso de las condiciones de vida de las clases laboriosas en el resto del país que otra cosa. Y esta condición, de suyo precaria, empeoraba a diario con la carestía de vida; el peso se devaluaba constantemente, lo cual sumado a un espiral inflacionario y a que los salarios permanecían estáticos y sin reajustarse, hacía el costo de la vida imposible para los obreros. Esto, sumado a condiciones de trabajo extremadamente rudas, fue poco a poco generando un hondo malestar entre los trabajadores pampinos.

Ciertamente que el descontento no era una cuestión solamente de los obreros pampinos. Los principales centros urbanos chilenos también venían sufriendo de fuertes convulsiones sociales y de una potente oleada huelguística, apenas despuntado el siglo XX. Pero cualquier movimiento huelguístico en Tarapacá que afectara los intereses salitreros tendría repercusiones mucho mas graves para la clase dominante, en la medida en que había importantes capitales británicos comprometidos, los cuales estaban íntimamente ligados a lo más rancio de la oligarquía criolla y tenían gran influencia sobre las esferas del poder, y en la medida que el salitre constituía el pilar que sustentaba al fisco, siendo el sector más dinámico de la economía.

Diversos movimientos obreros y huelguísticos, espontáneos y sin mayor coordinación, se produjeron desde comienzos de diciembre de 1907 en la ciudad de Iquique, principalmente, por reivindicaciones salariales. Estos movimientos fueron desgastándose sin lograr mayor avance, salvo para panaderos y trabajadores del ferrocarril del salitre que lograron aumentos. Luego, el 10 de diciembre se decreta la huelga en la oficina de San Lorenzo, con lo cual los obreros pampinos entraban en escena. Al plantear sus demandas, los administradores de la oficina no los escuchaban o invariablemente respondían que ellos no podían dar respuesta a los obreros, que eran impotentes, que la decisión final estaba en manos de los patrones, que éstos se encontraban en Iquique o en Londres, etc. Esto era así en todas las oficinas de la región. Con lo cual los obreros se decidieron a bajar en masa a la ciudad puerto ─en masa, pues según ellos mismos decían, cada vez que se enviaban comisiones, éstas no eran tomadas seriamente por la parte patronal y nunca se llegaba a nada. En Iquique, los obreros estarían frente a frente tanto a los representantes de la clase burguesa así como a las autoridades para plantear sus demandas. Esta decisión haría confluir los intereses de los trabajadores del puerto, que ya se habían movilizado desde algunas semanas antes, con los pampinos, que representaban una fuerza formidable y poseían un poder de presión enorme por la importancia que poseía la explotación salitrera.

Grupos de obreros pampinos comienzan, entonces, una larga caminata, iniciada por 30 obreros de San Lorenzo, de oficina en oficina, sumando compañeros a la causa, engrosándose así las filas de este movimiento reivindicativo; para el 13 de diciembre, unos 5.000 obreros pasaban la noche en San Antonio. Paralelamente, el 15 de diciembre en Zapiga se llamaba a un mitin para hacer llegar un pliego petitorio al presidente con las demandas obreras. Ese mismo día, hordas de obreros pampinos comenzaban a llegar a Iquique, algunos por tren, otros a pie, caminando largos kilómetros bajo el quemante sol nortino. Mientras, la huelga seguía extendiéndose por la pampa, hasta abarcar a toda la región, con importantes mítines obreros en Huara y Negreiros el 18 de Diciembre.

La convergencia obrera en Iquique

En la huelga, en medio de la enorme marea humana constituida por los huelguistas, confluyeron obreros de distinta tendencia, demócratas, mancomunales y anarquistas, así como obreros de distintas nacionalidades ─unos cuantos argentinos, y bastantes bolivianos, peruanos y chilenos, que casi tres décadas antes habían sido enfrentados por sus respectivas burguesías unos contra otros en una guerra fratricida. Éstos eran, ahora, hermanados por la lucha de clases en contra de la misma burguesía que había lucrado con la sangre derramada en la Guerra del Pacífico, la única y verdadera enemiga de los obreros en estos tres países. Se calcula que más del tercio de los obreros huelguistas eran extranjeros. Y pese a las diferencias políticas y nacionales de los trabajadores, lo que primó fue la unidad y un espíritu fraterno que dieron a este movimiento dimensiones verdaderamente titánicas.

Los trabajadores pampinos bajaron y unieron sus demandas con los trabajadores del puerto, produciendo de esta manera una convergencia natural de las luchas que hasta ese entonces venían dándose de manera descoordinada y sin un norte común, insuflando nuevas energías en sus compañeros iquiqueños. Casi todos los trabajadores iquiqueños pararon, a excepción de los obreros que consideraron prestaban servicios absolutamente indispensables para la población, como fogoneros, ciertos servicios de transporte como los carretoneros del mercado, los aguateros y los empleados de la luz eléctrica.

A este movimiento se suman también los comerciantes, pues un aumento de la magra capacidad adquisitiva de los trabajadores hubiera redundado en beneficios directos para ellos. La presencia destacada de comerciantes como José Santos Morales, quien ocupó posiciones directivas durante la huelga, así como el apoyo recibido por los huelguistas por parte del comercio local, son testimonios de este hecho.Como se ve, todos, menos los amos salitreros, tenían algo que ganar con este movimiento.

La expresión máxima de esta convergencia obrera fue el Comité de huelga, formado el 16 de diciembre, el cual incluía un secretariado, diferentes comisiones y un sistema de delegados de las distintas oficinas y gremios en conflicto, lo que lo hacía efectivamente participativo, democrático y representativo de las amplias bases movilizadas. Este comité estuvo integrado por destacados militantes anarquistas, como José Briggs, mecánico de origen norteamericano, quien fuera presidente del comité; Luis Olea, uno de los dos vice-presidentes del Comité, destacado militante de la primera camada de anarquistas de fines del siglo XIX, con vasta trayectoria en organizaciones obreras y publicaciones ácratas, que emigró en 1904 a la oficina de Agua Santa con fines proselitistas; Ricardo Benavides, dirigente de los panaderos; Manuel Esteban Aguirre, ex-dirigente de la mancomunal de Antofagasta y Carlos Segundo Ríos Gálvez, profesor primario, eran los representantes delCentro de Estudios Sociales Redención, de abierta inspiración anarquista; y por último, Ladislao Córdova, obrero de la oficina San Pablo, quien era prosecretario del comité.

Esta presencia nos habla de un cierto posicionamiento de algunos militantes anarquistas en el movimiento obrero tarapaqueño y da cuenta que los esfuerzos por expandir el movimiento hacia el norte del país, que comprendió la emigración de connotados militantes desde la zona central a Tarapacá, no habrían sido del todo vanos y aunque lentamente, habrían estado comenzando a rendir frutos. Pero a la vez, esta presencia no puede ser sobredimensionada: junto a los anarquistas había otras tendencias, más moderada, alejadas de la “acción directa” y no opuestas a la exhortación a las autoridades. Además, el anarquismo, de reciente penetración en tierras del salitre, había calado en las masas mucho menos que la prédica demócrata, más influyente y arraigada en esta región ─y ciertamente, cualquier influencia que hubiera llegado a tener en el movimiento popular tarapaqueño no era comparable al que había logrado alcanzar en la zona central de Chile. Esto independientemente del prestigio que hayan podido tener ciertos militantes individuales o del auditorio que podría recién haber comenzado a aglutinarse alrededor de sus ideas fuerzas. Esto explica en gran medida la paradoja de dirigentes anarquistas liderando un movimiento que exhortaba y confiaba en las autoridades. Pues, si bien el anarquismo criollo había demostrado una notable flexibilidad táctica, es muy probable que un mayor arraigo ácrata hubiera predispuesto a la masa obrera a una actitud más combativa y menos confiada en la autoridad. Otra explicación más para esta paradoja podemos encontrarla en la condición de voceros en vez de “caudillos” de esta dirigencia, que se reafirmaría en la asamblea permanente que sesionaba en la Escuela.

El pliego obrero

Los primeros grupos de pampinos comenzaron a llegar al puerto el domingo 15, y desde el primer momento fueron custodiados por el ejército. Ese mismo día, tuvieron su primera reunión con el intendente interino Julio Guzmán García y con un grupo de “vecinos notables” (oligarcas) a quienes plantearon sus demandas: aumentos salariales, control sobre pesos y medidas en las pulperías, abolición del sistema de fichas y pago en dinero, sin descuento, etc. El intendente interino recomendó a un comité representativo de los obreros dejar una comisión encargada de negociar con las autoridades y los patrones, dar tregua de 8 días hasta recibir respuesta de Londres y Alemania, y volver a las faenas el mismo día. Esta propuesta fue leída por un representante del comité a los obreros. A continuación ocurrió un hecho notable: la propuesta fue unánimemente rechazada por los obreros.

Saltó a la palestra, entonces, uno de los representantes de la burguesía para defender la propuesta de la autoridad, agregando: “vosotros que habéis delegado en vuestro comité directivo todas vuestras atribuciones, tenéis el deber de acatar esa resolución, pues dicho comité ya la aprobó y a vosotros os toca obedecer y callar”. ¡No se puede ser más claro en definir el concepto de democracia burguesa! Lamentablemente, el pensamiento de muchos “dirigentes” de izquierda aún hoy en día no dista mucho de estas concepciones arcaicas y aburguesadas. Pero estamos ante una masa clara y convencida, disciplinada pero no manipulable. Y estamos ante un estilo de dirección del movimiento que, aunque en sus políticas no haya sido estrictamente libertario, si lo era en sus métodos. Por ello, el representante de la burguesía fue interrumpido en ese mismo punto por el delegado obrero que había leído la propuesta a sus compañeros, diciendo: “El señor Viera Gallo está equivocado. El comité no ha aceptado tales bases. Lo que ha hecho es recibirlas y presentarlas a vosotros para que acordéis su aceptación o rechazo”. Acto seguido, la masa, unánimemente procedió a su rechazo. Este constituye un hecho notable, que nos permite asomarnos al espíritu lúcido que animaba a los trabajadores y el cual, ciertamente, tiene que haber asombrado a la burguesía, demasiado acostumbrada a pensar a los obreros como una masa ignorante, no pensante, que puede ser acarreada y ordenada como un rebaño. Además, nos permite ver que la dirigencia, como hemos dicho antes, jugó un rol más de vocería que de negociadores a puertas cerradas o caudillos.

La autoridad propuso, en la misma ocasión, al presidente de la mancomunal del puerto, Abdón Díaz, como mediador entre las partes en conflicto, lo cual fue rechazado de plano por los obreros, quizás, por estar éste bastante alineado con las autoridades y con la Alianza Liberal que había llevado al poder a Pedro Montt. Un día más tarde los obreros elegían al Comité de Huelga ya mencionado para que les representara. Este Comité de Huelga fue el encargado de presentar ante las autoridades y los representantes de la parte patronal, el mismo día de su conformación, el pliego petitorio de los trabajadores:

«Reunidos en Comité los representantes de las Oficinas participantes, plantean el siguiente acuerdo:

  1. Aceptar que, mientras se supriman las fichas y se emita dinero sencillo, cada oficina, representada y suscrita por su gerente respectivo, reciba las fichas de otra oficina y de ella misma a la par, pagando una multa de cinco mil pesos, siempre que se niegue a recibir las fichas a la par.
  2. Pago de los jornales a razón de un cambio fijo de dieciocho peniques (18 d).
  3. Libertad de comercio en las Oficinas en forma amplia y absoluta.
  4. Cerramiento general con reja de hierro de todos los cachuchos y achulladores de las Oficinas Salitreras, so pena de cinco a diez mil pesos de indemnización a cada obrero que se malogre a consecuencia de no haberse cumplido esta obligación.
  5. En cada Oficina habrá una balanza y una vara al lado afuera de la pulpería y tienda para confrontar pesos y medidas.
  6. Conceder local gratuito para fundar escuelas nocturnas para obreros, siempre que algunos de ellos lo pidan para tal objeto.
  7. Que el administrador no pueda arrojar a la rampla el caliche decomisado y aprovecharlo después en los cachuchos.
  8. Que el administrador ni ningún empleado de la Oficina pueden despedir a los obreros que han tomado parte en el presente movimiento, ni a los jefes sin un desahucio de dos o tres meses, o una indemnización en cambio de trescientos o quinientos pesos.
  9. Que en el futuro sea obligatorio para obreros y patrones un desahucio de quince días cuando se ponga término al trabajo.
  10. Este acuerdo, una vez aceptado, se reducirá a escritura pública y será firmado por los patrones y por los representantes que designen los obreros.

Iquique, 16 de diciembre de 1907.
Briggs y demás, delegados de las Oficinas».

Como vemos, ninguna de los puntos pedidos podría siquiera ser considerado radical, ni mucho menos, revolucionario: aumentos salariales, supresión del sistema de fichas, medidas para frenar la rapacidad patronal en las pulperías mediante el establecimiento de libre comercio en las oficinas así como control de medidas y pesos, medidas de seguridad laboral (cubrimiento de bateas), instrucción para los obreros y medidas de protección laboral para los obreros huelguistas.

Pero la radicalidad de un movimiento, las más de las veces, no está determinada por las condiciones intrínsecas de éste, sino que por el escenario en que le toca desenvolverse. Quiero decir que, si bien el movimiento puede ser catalogado como “moderado”, era ciertamente un paso más allá de lo que las burguesías nacional y extranjera estaban dispuestas a aceptar, rebasando los estrechos límites de su tolerancia. Solo a una burguesía tan arrogante e intransigente podía aparecérsele el movimiento obrero de Iquique como una “amenaza”.

La Represión como única respuesta de la burguesía

El movimiento, pese a lo que puedan afirmar los cables histéricos de las autoridades y los relatos posteriores que intentaron justificar la masacre, mantuvo en todo momento una actitud disciplinada y enfatizó cuanto pudo su carácter estrictamente pacífico y aún respetuoso de las autoridades. Se encargaron, mediante las comisiones, que se mantuviera el orden en la ciudad y que los obreros no dieran pie a actitudes que las fuerzas represivas pudieran interpretar como provocaciones. De hecho, el movimiento, quizás con la memoria fresca de las varias experiencias represivas del movimiento obrero de esa época, al mantener un comportamiento “ejemplar” pensaba que estaba en su propia compostura el evitar un desenlace de sangre. Contaban con que la burguesía y sus perros guardianes (ejército y policía) “jugaran limpio”.

Pero la decisión de reprimir ya estaba tomada, como se puede comprobar en los cables telegráficos del ministro Rafael Sotomayor al intendente interino Julio Guzmán García “Santiago 14 de diciembre. Si huelga originase desórdenes, proceda sin pérdida de tiempo contra los promotores o instigadores de la huelga; en todo caso debe prestar amparo, personas y propiedades deben primar sobre toda consideración; la experiencia manifiesta que conviene reprimir con firmeza al principio, no esperar que desórdenes tomen cuerpo. La fuerza pública debe hacerse respetar cualquiera que sea el sacrificio que imponga. Recomiéndole pues prudencia y energía para realizar las medidas que se acuerden. Sotomayor”

Podemos suponer con fundamentos que, cuando se habla de que “personas y propiedades debe primar sobre toda consideración”, obviamente la referencia es solamente a las personas con propiedades ─únicas personas en el sentido estrictamente capitalista del término─ y a las propiedades de esas personas. Pues a la hora de masacrar, a las “personas” que venían de la pampa, en realidad, no se les tuvo la más remota y leve consideración.

Un cable emitido por el ministro Sotomayor el mismo día en que se formaba el Comité de Huelga y se redactaba el pliego obrero, nos señala igualmente mayores antecedentes de que la salida represiva había sido contemplada desde el primer momento:

“16, diciembre, 1907, Intendente Iquique. Para tomar medidas preventivas proceda como Estado de Sitio. Avise inmediatamente oficinas prohibición gente bajar a Iquique. Despache fuerza indispensable para impedir que lleguen usando todos los medios para conseguirlo. Fuerza pública debe hacer respetar orden cueste lo que cueste. Esmeralda va camino y se alistan más tropas. Sotomayor”.

Posteriormente a la masacre, el mismo Sotomayor entrega más elementos para dejar en claro que esta masacre fue una respuesta calculada fríamente por las autoridades. Respondió de la siguiente manera a algunos cuestionamientos en el parlamento:

(los sucesos de Iquique) no fueron debidos a un acto de impremeditación, de culpable e inhumana ligereza. Cada una de las autoridades (…) pesó muy bien sus resoluciones, con la conciencia de los deberes de los altos puestos de confianza que desempeñaban; y hubo de apelar a recursos extremos y dolorosos, pero que las difíciles circunstancias hacían, por desgracia, inevitables”

Dejando de lado las frases rimbombantes y las lágrimas de cocodrilo, aparece, en todas estas declaraciones, el asesinato a sangre fría como política del Estado para mantener a la chusma a raya y conservar los privilegios de unos pocos. El más miserable desprecio a la vida de los sectores populares aparece diáfano en estas declaraciones.

Imagen

¿Cuáles fueron las fuerzas que alimentaron esta respuesta represiva y que dieron los fundamentos racionales a un acto a todas luces irracional?

Por una parte, los salitreros se negaban rotundamente a negociar con los trabajadores. Durante toda la semana del 15 al 21 mantuvieron una posición intransigente e inflexible: no negociarían con la masa en huelga o agrupada en el puerto. Exigían que se volvieran a las faenas y que dejaran una comisión. En su concepción, los obreros eran poco más que esclavos, eran siervos a los cuales cabía solamente callar, trabajar y aceptar la magra recompensa del patrón por su trabajo como quien recibe una limosna. Es bastante decidor que en todo momento los patrones apelaran a su supuesto prestigio moral por sobre los obreros. Negaban la capacidad de dialogar con la masa movilizada pues:

— “resolver bajo la presión de la masa, porque esto significaría una imposición manifiesta de los huelguistas y les anularía por completo el prestigio moral que siempre debe tener el patrón sobre el trabajador para el mantenimiento del orden y la corrección que en las faenas delicadas de las oficinas salitreras”.

— “si en esas condiciones accedieran al todo o parte de lo pedido por los trabajadores perderían el prestigio moral, el sentimiento de respeto que es la única fuerza del patrón respecto del obrero”

Como Grez lo resume de manera brillante, los trabajadores eran negados en tanto sujetos políticos. Lo único que cabía a los obreros, eran dos opciones: o regresar a trabajar y dejar una comisión para ser embaucada, o ser reprimidos violentamente y aleccionados para que no se volvieran a meter en huelgas. Negociar no era una posibilidad. Tal cosa hubiera sido reconocer su humanidad, y por consiguiente, su derecho a organizarse, a reclamar, a exigir, a pensar. No es casual que se evite en la prensa reaccionaria de la época o en los comunicados un lenguaje que pudiera dar cuenta de que lo que se había masacrado eran seres humanos: amotinados, turba, exaltados, extranjeros, agitadores, bandidos, etc. son los velos predilectos con los cuales la burguesía de la época ocultó la humanidad de sus víctimas.

Por otra parte, al gobierno también veía la necesidad de obrar enérgicamente para que el ejemplo de Iquique no se extendiera por el territorio nacional. Ya se agitaban las aguas en Antofagasta y el movimiento podía rápidamente prender un reguero de pólvora de norte a sur, hasta convertirse en una huelga general en contra de una situación social que era francamente calamitosa para los de abajo. Además, no solamente importaba sofocar un eventual movimiento huelguístico y de lucha que pudiera haberse originado desde Iquique en ese momento puntual. Era importante además dar una lección a la clase obrera y disciplinarla. Amedrentar, infundir el terror para que los trabajadores no siguieran el ejemplo de los obreros en huelga. Esta práctica puede llamarse con plena propiedad “terrorismo de Estado” y ha sido una línea de conducta bastante menos excepcional de lo que se nos quiere hacer creer en nuestra república.

Así lo resume Grez: “la huelga de Iquique era menos una amenaza en sí misma que un peligro latente por el mal ejemplo que podía proyectar una actitud de debilidad del Estado y los patrones”.

No es casual que la argumentación del general Silva Renard para justificar la masacre tenga el tufo a las declaraciones de los patrones. Abrió fuego pues “no era posible esperar más sin comprometer el prestigio de las autoridades y fuerza pública”.El “prestigio” aparece tanto para el gobierno como para los patrones como la justificación última para el baño de sangre. El discurso pretende mostrar que la masa obrera es una masa de chiquillos crecidos, inmaduros, irresponsables, inconcientes, que deben ser castigados por sus “mayores” (Estado y Capital) los cuales en ningún momento pueden ser desautorizados.

El castigo, el disciplinamiento, la tortura, si bien puede decirse que son formas inhumanas de trato, paradójicamente, son necesarias, precisamente, porque se admite en el fondo la humanidad y la equivalencia del otro; es en este sentido en que cumplen un rol político bien preciso. Hablando del rol de la tortura entre los esclavos del Haití colonial nos dice Jean Casimir que:

“Después de comprar a estos ‘negros’, el plantador los pone a trabajar a su antojo. Como no se someten, se atribuye el derecho de torturarlos hasta que obedecen a las órdenes que reciben (…) Para obtener lo mismo de los animales de su finca, dicho plantador se cuida de torturarlos: sabe que no tienen la inteligencia necesaria para comprenderlo. Por esta razón, cuando tortura a las personas cautivas, admite implícitamente que son sus semejantes y que es imperativo humillarlos, animalizarlos y destruirlos como seres humanos para obtener el resultado esperado”

Los términos en que Casimir describe el rol de la tortura en la sociedad esclavista del Haití colonial son extremadamente pertinentes para entender el rol aleccionador de la violencia de Estado. Y sigue en términos aún más sorprendentes, que si bien no pueden traducirse mecánicamente a la situación de Tarapacá en 1907, nos ayudan bastante a comprender la lógica de esta forma particular de terrorismo patronal en un sistema en donde las relaciones de trabajo capitalistas están impregnadas de resabios de servidumbre:

“La noción de los amos de que los cautivos están siempre desafiándolos traiciona un reconocimiento de su inteligencia y de su fuerza moral; irrita a la sociedad colonial y explica sus excesos. La impresión de una superioridad impertinente e insubordinada mantiene la necesidad cotidiana de ultrajar, mortificar y envilecer a los cautivos para convertirlos en esclavos”

En el caso de Iquique, tenemos a una burguesía que, tal cual al amo de las plantaciones, es celosa de su supuesta superioridad en una sociedad extremadamente jerarquizada, siendo intolerante de cualquier gesto que pueda revelar la menor noción de desafío a esa supuesta superioridad ─celo el cual explica sus “excesos”. Pues sabe que su “prestigio moral” no es tal, que a lo sumo puede ser temor ─temor al desempleo, al hambre, al castigo─ y que solamente puede mantenerse por la coerción y la fuerza bruta, en última instancia. Al burro desobediente, un par de huascazos bastan ¿para qué más? Al obrero iquiqueño se reserva el plomo en caso de fallar otros métodos para doblegarlo.

Hay otro elemento que permite entender por qué la represión se convirtió en la respuesta última (y única) de la burguesía a las demandas obreras: es su temor al poder popular. La masa obrera concentrada en Iquique demostró en los hechos su poder, el cual se debe haber manifestado de manera amenazante para una burguesía celosa y paranoica. Su poder de parar la producción, de parar la vida en la ciudad y organizarla según su conveniencia. Es el mismo intendente titular Carlos Eastman quien menciona que los servicios que continúan funcionando son aquellos que los obreros lo permiten, obreros que incluso llegaron a la insolencia de emitir autorizaciones de circulación para carruajes ─suplantando de esta manera las atribuciones tradicionales del Estado.

Ciertamente, no hubo una situación de poder dual como la describe Eastman en Iquique : tal cosa no fue más que parte de las alucinaciones de una burguesía aterrada ante la perspectiva del poder de los obreros. Pero eso no significa que no haya existido la posibilidad de que la situación hubiera podido evolucionar hacia un poder dual: pero como casi siempre ocurre, la burguesía veía más claramente el poder de la clase obrera que los mismos trabajadores, quienes en todo momento se mantuvieron respetuosos de las autoridades. Mas eso no quiere decir que una masa obrera poderosa y bien organizada no haya significado razón de sobra para que las clases pudientes se inquietaran: como Grez lo resume “se trataba del miedo atávico de la elite a la sociedad popular”. Ese miedo atávico re aparece una y otra vez en la historia cuando el poder de la clase trabajadora se expresa desafiante al dominio de los de arriba.

Tenemos, entonces, que la negativa a negociar con los obreros antes que los pampinos volvieran a las oficinas salitreras, y tan sólo con una comisión representativa, no era cuestión de carácter economicista sino una cuestión de poder. Los burgueses entendían que para mantener intacto su edificio de jerarquías y privilegios debían oponerse frontalmente al más mínimo cuestionamiento a su propio poder, a su propio dominio. El cuestionamiento se vuelve insolencia, y la insolencia se castiga. “Aunque pacífico, el desafío al poder civil y militar era intolerable”. Volvemos a lo mismo: era la burguesía reafirmando su poder ante el poder, en gran medida inconciente, de los trabajadores.

La ilusión de la autoridad benefactora

Transcurrieron los días desde la presentación del pliego obrero sin que la burguesía cediera y mientras el intendente interino Guzmán García estiraba la situación esperando la llegada del intendente titular Carlos Eastman y del general Roberto Silva Renard, quienes vendrían a resolver de una buena vez en términos favorables a los empresarios, el conflicto. Estos llegaron el día jueves 19, en medio de una multitud obrera que, ilusionada en la mediación de las autoridades para favorecerles, los ovacionó a viva voz. Las primeras palabras que Eastman dirigió a los huelguistas les llenaron de optimismo: decía venir a solucionar humanamente el conflicto, con equidad y justicia, a conciliar los intereses, a buscar salidas amistosas, etc.

Después de la masacre, el diputado demócrata Malaquías Concha hizo el mordaz comentario siguiente respecto a la ovación obrera a Eastman: ”no hacían sino imitar a los esclavos romanos condenados a la muerte del circo que, cuando pasaban delante del emperador en camino del sacrificio exclamaban: Ave César, imperator, morituri te salutan. ¡Salve César, emperador: los que van a morir te saludan!”.

No imaginaban que su árbitro terminaría siendo tan saquero y que, de hecho, sería uno de los que firmaron el acta de ejecución de los obreros. El tono amable del principio se fue endureciendo hacia los obreros, mientras los salitreros mantenían su enconada oposición a la negociación con los obreros en huelga. Las conversaciones del día siguiente a su llegada, fueron las que desnudaron ante los obreros, aún ante los más inocentes, su carácter de estricto defensor de los intereses salitreros: en las conversaciones con los delegados obreros, tanto Eastman como Silva Renard, se ofuscaron con la negativa de los obreros a volver a la pampa, pero fueron condescendientes con la negativa burguesa a negociar. Incluso Silva Renard llegó a decir que los salitreros eran víctimas de su propia bondad hacia sus trabajadores.

El viernes 20, se producen varios hechos, aparte de las conversaciones, que demuestran que cualquier ilusión que hubieran tenido en una autoridad benigna, que se inclinara del lado de los obreros (por estar del lado de éstos la “razón” y la “justicia”), era completamente espuria. La huelga se seguía extendiendo en la zona norte de la pampa, reuniéndose en Pisagua hasta 2.000 pampinos que exigían trenes para desplazarse a Iquique; pero ya las tropas estaban advertidas de impedir por la fuerza la llegada de más trabajadores al puerto, donde ya se habían reunido unos 12.000 obreros. Es en este contexto en que se produce el primer hecho de sangre, cuando en Buenaventura obreros que intentan llegar a Iquique son enfrentados por tropas del regimiento Carampangue, al mando del teniente Ramiro Valenzuela. Las tropas abren fuego sobre los trabajadores, matando una decena. Pese al fuego de las tropas, algunos de los huelguistas lograron llegar a Iquique trayendo consigo los cadáveres de algunos de los infortunados trabajadores, que como un macabro símbolo del odio de clase, representaron un duro golpe al optimismo de los obreros en una solución amistosa a su conflicto, así como a su confianza en las autoridades.

Ese mismo día se supo del encarcelamiento de Pedro Regalado Núñez, acusado por el salitrero inglés Syers Jones de haber instigado la huelga en la oficina de Agua Santa. Aparecieron también agentes de la policía secreta actuando de provocadores, incitando a los obreros a cometer desmanes, intentando así dar pie a acciones que pudieran excusar la intervención de la fuerza pública. Y, finalmente, el golpe mortal contra la buena fe de las autoridades fue la declaración de Estado de Sitio a las 10 de la noche del mismo día. Todo indicaba el endurecimiento en el trato a los obreros y la definición de la salida represiva al conflicto.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, se quemaba la última carta de solución pacífica al conflicto: Eastman reitera a los salitreros la posibilidad de dar un mes de tregua con aumento salarial del 60%, como habían propuesto los obreros, y les propone que el gobierno correría con la mitad de los gastos. Los patrones se negaron rotundamente, siempre citando su tan bullado “prestigio moral”, a lo cual Eastman no insistió. En ese momento comenzaba la cuenta regresiva para los obreros en Iquique.

El Estado, una vez más apareció, desnudo, como lo que es: el sirviente de los intereses de la burguesía, el brazo armado de los capitalistas ingleses y criollos.En todo momento, éste estuvo al servicio de los salitreros, ora poniendo a disposición de la burguesía su poderío militar, ora financiando un eventual aumento de sueldo.

El día de la tragedia

Luego de la negativa de los ingleses y los salitreros a negociar, Eastman llama al comité de huelga a la intendencia para conversar con ellos. Debido al Estado de Sitio y a los sucesos de Buenaventura, ellos se negaron a ir aludiendo a que las garantías de los obreros no estaban resguardadas. Lo que en realidad temían, era una encerrona en el camino a la negociación, sufriendo la misma suerte de Regalado Núñez.

Desde la noche anterior, circulaba el rumor de que las tropas harían uso de la fuerza bruta y que se buscaría apresar a los dirigentes, por lo cual una asamblea del comité el sábado decidió buscar asilo con el cónsul de los EEUU ─país de creciente “prestigio” en la región, pero sin intereses sustantivos en la industria salitrera. Además, el hecho de que Briggs, el presidente de la huelga fuese de origen norteamericano, tiene que haber pesado a la hora de decidir el asilo en este consulado.

Luis Olea y José Santos Morales fueron comisionados por el comité para entrevistarse con el cónsul norteamericano, pidiendo asilo para no ser “matados como perros”. El cónsul negó la protección a los huelguistas aduciendo que él no era más que un representante comercial de su gobierno. Al serles rechazada la solicitud de asilo por el cónsul norteamericano, enviaron cartas de protesta por los abusos de la autoridad a otros consulados.

Es extremadamente importante insistir en este último punto: los obreros buscaron por todos los medios una solución al conflicto y maniobraron como pudieron para evitar el hecho de sangre: desde mantener la calma aún pese a las provocaciones, negociar un aumento temporal en vez del petitorio completo y, por último, buscar el asilo como manera de “disolver” el conflicto sin que éste fuera derrotado. Esta actitud contrasta notablemente con lo que ciertos historiadores, de manera bastante injusta, han asumido como la supuesta incapacidad de los obreros de “tomar iniciativa ante el devenir de los acontecimientos” o con su supuesto “orgullo empecinado”.

Lo único que los obreros no podían, bajo ningún prisma, aceptar, era la derrota política, pues el volver a la pampa sin nada ganado hubiera sido intolerable para una masa obrera que ya dijo basta. Como lo dijo José Santos Morales en 1908 “Para el caso de salir frustrados en nuestras peticiones, habíamos acordado pedir pasajes para otras partes, para nuestra tierra natal a la autoridad administrativa, antes que someternos a tornar a las salitreras, donde sabíamos positivamente que debíamos someternos de nuevo, con mayores gabelas, por considerársenos vencidos.”

Al no asistir el comité a la Intendencia, Abdón Díaz fue encomendado por Eastman para llevar un ultimátum a los obreros. Tenían que aceptar la propuesta de los salitreros, si o si. Luego de deliberar, el comité respondió que no podían volver a la pampa con las manos vacías, que no podían asistir a dialogar a la Intendencia por cuestiones de seguridad y reafirmaban el carácter pacífico y respetuoso de las autoridades del movimiento. Reafirmación que de nada serviría para cambiar el curso de los acontecimientos. Una vez recibida esta respuesta, Eastman ordenó al general Silva Renard y al coronel Sinforoso Ledesma desalojar por la fuerza la escuela.

A las 1,30 de la tarde se alistaban las tropas para el ataque: las tropas de los regimientos O’Higgins, Carampangue (las mismas que ya habían derramado la sangre en Buenaventura), Rancagua, más artilleros, marinos, granaderos y lanceros. Una hora más tarde algunas comisiones militares dieron la orden a los obreros de abandonar la escuela y dirigirse al Club Hípico. Los obreros rechazaron esa orden. Solamente 200 obreros, de una masa calculada de unos 7.000, abandonaron la escuela entre los abucheos de sus compañeros. Los obreros no se moverían de la escuela.

Es en esos momentos que los cónsules de Perú y Bolivia aparecen en la escuela a suplicar a los obreros de esos respectivos países que abandonaran el recinto.Estos obreros dieron, en estos momentos, ante la certeza de la represión, la más hermosa lección de solidaridad que se haya registrado en suelos americanos: diciendo haber venido a la escuela pacíficamente y en unidad con los chilenos, dijeron que no les abandonarían en la hora del “sacrificio”.Es de destacar que el cónsul argentino, el inglés Syers Jones, al ser él mismo un salitrero, no mostró ningún interés por la suerte de los trabajadores trasandinos.

Pasadas las 3,30 de la tarde, luego del ultimátum y la respuesta negativa de los obreros, Silva Renard da orden de fuego al regimiento O’Higgins, tras lo cual se desata una brutal orgía de muerte, una salvaje matanza perpetrada por bestias sobre excitadas con el hedor a sangre obrera, que solamente se detiene cuando un sacerdote, con un bebé acribillado por los perros uniformados en sus brazos, ofrece su pecho al general.

El mismo general, resume su cobarde acción de la siguiente manera: “Había que derramar la sangre de algunos amotinados o dejar la ciudad entregada a la magnanimidad de los facciosos que colocan sus intereses, sus jornales, sobre los grandes intereses de la patria. Ante el dilema el dilema, las fuerzas de la Nación no vacilaron”.

Obreros desarmados, con sus manos vacías, algunos de los cuales agitaban banderas blancas, fueron masacrados con siniestro sadismo por “nuestro” “glorioso” ejército. ¿Cuantos obreros murieron? Es difícil de precisar. Silva Renard en su testimonio habla de 140 muertos. Pero esta cifra es, a todas luces, imposible de creer. Se dice que 3.600. Pero es imposible de saber a ciencia cierta cuantos cayeron entre los obreros, sus familias y las señoras que vendían comida y empanadas fuera de la escuela, quienes también sufrieron de la represión.Después de todo, a los que se mató fue a los “nadie”, esos que nos dice Galeano que valen menos que las balas que los matan. Pero, ciertamente, fueron alrededor de 2.000. No menos de esta cifra. Asesinados vilmente por un ejército criminal y cobarde. En palabras del obrero anarquista Luis Heredia “cayeron asesinados por la metralla alrededor de 2.000 personas, entre obreros, sus mujeres y sus niños; y cayeron sin lucha, masacrados cobarde y alevosamente por un ejército que las propias víctimas alimentaban y vestían con su fatigante y diario trabajo”

Esa masa permanecerá anónima, con su número de muertos que jamás podremos conocer con exactitud. Esa masa humana que se transformó en un océano de sangre, donde la sangre derramada de cada obrero se juntó y se hizo indistinguible la una de la otra, la del obrero chileno de la del boliviano, la del obrero peruano de la del argentino, donde el drama humano de miles de personas se convirtió en un único drama colectivo que enlutó a la pampa y al país todo. Siempre me llamó poderosamente la atención que en las imágenes de los huelguistas marchando o concentrados en la Plaza Montt o la Escuela es imposible distinguir rostros, lo que da un aspecto espectral a esa multitud. Multitud compuesta por nuestros hermanos, sin rostros, sin números, sin nombres, sin propiedades, sin nada, ya sin vida siquiera.

De los que si sabemos el nombre y conocemos sus odiados rostros, es de aquellos que ordenaron disparar, de aquellos que se mancharon sus manos con sangre: general Roberto Silva Renard, coronel Sinforoso Ledesma, intendente titular Carlos Eastman, intendente transitorio Julio Guzmán García, presidente Pedro Montt, ministro Rafael Segundo Sotomayor, abogado de los salitreros Matías Granja y toda la pandilla de capitalistas ingleses como David RichardsonSyers Jones,John Lockett, los Hardie, los Jeffrey, los Browne, los Plummer, los Steele, entre tantos otros infames. Nombres que por siempre el movimiento popular debe recordar como la personificación de todo lo que ha habido de infame en nuestra historia (y que no ha sido poco)

De la Escuela, los sobrevivientes fueron arrastrados en masa, como animales, al Club Hípico, desde donde fueron despachados en número de siete mil a la mañana siguiente a la pampa, escoltados por el regimiento O’Higgins. Unos 200, lograron irse a Valparaíso. Otros, entre los que se encontraba un herido José Briggs, huyeron al Callao. Mientras tanto, las oficinas salitreras se militarizaban, y los mismos patrones que no aumentaban los sueldos encontraron los fondos para mantener tropas de Carabineros apostadas en las oficinas; a comienzos de enero de 1908, para tranquilidad de la colonia británica en Iquique, arribaba a puerto un buque inglés.

Los muertos y heridos graves, en cambio, que yacían en grandes números alrededor de la escuela eran cargados en carretas puestas al servicio de la policía, desde donde eran llevados a una fosa común. Muertos, heridos graves y moribundos, eran arrojados en ella.

Así se sellaba este capítulo que marcó toda una época del movimiento obrero chileno; el movimiento obrero entraría en un reflujo de aproximadamente un lustro. Pero, al contrario de lo que los represores pretendían, no se pudo detener eternamente la marea obrera que lucha por el cambio ayer como hoy. No pudieron entonces, no pudieron en 1927, no pudieron en 1973, no podrán ahora. Como decía el obrero Sixto Rojas, “la sangre vertida es semilla que germina haciendo nacer nuevos luchadores (…) en todas las edades, donde hubo tiranos, hubo rebeldes”.

EL Canto  A la Pampa

Imagen

Francisco Pezoa, fue un militante libertario, obrero cigarrero y poeta popular. Participó en diversas organizaciones e iniciativas libertarias. Allá por 1904, junto a otros compañeros como Luis Olea y Alejandro Escobar y Carvallo, tomó parte en los intentos de extender la influencia del incipiente movimiento anarquista hacia las provincias del Norte salitrero [1]. En esa zona, participó en el periódico La Agitación, editado por el grupo del mismo nombre [2]. Más adelante, a comienzos de la década del 10, formó parte del grupo “Los Parias”, de la Sociedad de Resistencia de Oficios Varios y del Centro de Estudios Sociales “Francisco Ferrer”. Sufrió la persecución, en 1912 estuvo en la cárcel a raíz de la cacería estatal contra los anarquistas, luego de unos atentados con dinamita al Convento de los Padres Carmelitas Descalzos.

A principios de siglo, en sus andanzas por Iquique, escribió artículos, versos y canciones. Uno de esos aportes literarios a la causa de la emancipación obrera fue “La Pampa” dedicados a los obreros masacrados en los sucesos del 21 de diciembre de 1907, los primeros que inmortalizaron la terrible matanza. El escritor libertario Manuel Rojas nos relata al respecto: “(…) utilizando la música de algunas canciones en boga, había escrito letras que calzaban con esa música, letras de espíritu revolucionario, que tuvieron, entre los trabajadores y gente preocupada de asuntos gremiales, sociales o ideológicos, un tremendo éxito (…) Pancho le cambió los versos y quedó una canción que el proletariado chileno, principalmente el del norte, hizo suya, cantándola en todas las ocasiones posibles, en los mitines, en las marchas, en los campamentos mineros y salitreros, en las huelgas, en los calabozos y a veces después de unas copas.  

Existen distintas versiones del poema, pero la que reproducimos más abajo parece ser la versión más fiel al original, por la cercana fecha de publicación en el periódico santiaguino La Protesta. Una versión un poco más modificada, fue publicada en La Batalla, Nº 49, Santiago, segunda quincena de enero de 1915 . La versión publicada en el “Cancionero Revolucionario” de 1925 (recopilación hecha por Armado Triviño y editada bajo Lux) es la más conocida, pues fue reproducida por el grupo musical Quilapayún bajo el nombre de “Canto a la Pampa” en el año de 1968 (en el disco x Vietnam), antecedente de lo que sería más adelante la “Cantata Popular Santa María de Iquique”, compuesta por Luis Advis e interpretada por el mismo grupo musical.

La Pampa

Francisco Pezoa

(Música de “La Ausencia”)

I

Canto la Pampa, la tierra triste,
réproba tierra de maldición,
que de verdores jamás se viste
ni en lo más bello de la estación;
donde las aves nunca gorjean,
donde no crece la flor jamás,
donde riendo nunca serpea,
el arroyuelo libre y fugaz,

II

Año tras año por los salares
del desolado Tamarugal,
lentos cruzando van por millares
los tristes parias del capital;
sudor amargo su sien brotando,
llanto sus ojos, sangre sus pies,
los infelices van acopiando
montones de oro para el burgués

III

Hasta que un día, como un lamento
de lo más hondo del corazón,
por las callejas del campamento
vibró un acento de rebelión;
eran los ayes de muchos pechos,
de muchas iras era el clamor,
la clarinada de los derechos
del pobre pueblo trabajador.

IV

“Vamos al Puerto, dijeron, vamos,
con su resuelto, noble ademán,
para pedirles a nuestros amos
otro pedazo, no más de pan”
Y en la misérrima caravana
al par del hombre marchar se ven,
la amante esposa, la madre anciana,
y el inocente niño también

V

¡Benditas víctimas que bajaron
desde la pampa, llenos de fe,
y a su llegada lo que escucharon,
voz de metralla tan sólo fue!
¡Baldón eterno para las fieras
masacradoras sin compasión!
¡Queden manchados con sangre obrera
como un estigma de maldición!

VI

Pido venganza para el valiente
que la metralla pulverizó;
pido venganza para el doliente
huérfano triste que allí quedó;
pido venganza por la que vino
tras del amado su pecho a abrir:
pido venganza para el Pampino
que como bueno supo morir

Un comentario el “[Documento] Memoria Histórica | Canto libertario a la Pampa la tierra triste: a 106 años de la Masacre de Santa María de Iquique

Comentar esto...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: