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[Venezuela] Opinión/Debate | Revisar la política/Repensar lo político


category  23 de Abril, 2013 | Enrique Rey Torres – Federación Anarquista Revolucionaria de Venezuela 

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Los recientes resultados electorales han generado un conjunto de debates que buscan tanto caracterizar las causas del poco margen obtenido, como poner de manifiesto los nudos de tensión y problematización que permitan, en la coyuntura actual, re-definir y darle continuidad a la imagen de futuro proyectada en la figura de Chávez como líder indiscutible del proceso venezolano. Los debates no han sido sencillos. Entre el duelo reciente, el shock de los resultados y la imagen de conflictividad social que la oposición ha querido proyectar, ha sido poco el tiempo que permitiría rebasar la inmediatez del contexto para revisar las prácticas y acontecimientos recientes en toda su complejidad. El proceso venezolano se configura, nuevamente, como nudo de problematización que se define a partir de la recomposición política producto de la ausencia de Chávez.

Chávez y el chavismo: fidelidad y proceso electoral

Hasta su fallecimiento, Hugo Chávez había logrado construir imágenes de identificación históricas, políticas y económicas que –articulando una narrativa de lo social- codificaron, problematizaron y entretejieron una cantidad diversa de movimientos, organizaciones e individualidades. Burgueses progresistas y activistas de izquierda, militares nacionalistas y adecos arribistas confluyeron, a través de la figura hegemónica de Hugo Chávez, en un proyecto que se caracterizaba y caracteriza más por sus tensiones que por la definición de objetivos a corto, mediano y largo plazo. En la posibilidad de su fallecimiento, quedaba la resolución de una discusión siempre postergada: el carácter histórico de su liderazgo y las posibles vías, que en términos de ruptura y/o continuidad, habrían de desplegarse.

En términos formales, esta discusión tuvo un primer punto de resolución cuando, el 08 de diciembre de 2012, Chávez anunció, por un lado, una nueva intervención quirúrgica para tratar su enfermedad, y por el otro, la petición irrevocable de que Nicolás Maduro se constituyera como nuevo líder del chavismo en el caso de que, debido a la enfermedad que padecía, algo le ocurriera o “le inhabilitara de alguna manera”. Se inició así, entre esta fecha y la de su muerte, el despliegue de una temporalidad en expectativa en la que los marcos de la política estuvieron atados a los posibles desenlaces de la situación.

Luego, desde el 05 de marzo en adelante, esa temporalidad devino en aceleración. Frente a un acontecimiento cuyas condición se encontraba, simbólicamente, por fuera de todas las posibilidades proyectadas, surge, por un lado, la necesidad de hacer frente a las coyunturas y debates generados por el fallecimiento, y por el otro, la obligación de inventar nuevas formas de ser y de actuar en el devenir político que pre-figuraba el futuro inmediato: la ausencia del elemento articulador y problematizador de las fuerzas confluyentes en el chavismo.

Surge entonces la noción de fidelidad como elemento de recomposición de la articulación y como mecanismo de reglamentación y codificación de las narrativas de lo social. Su consecuencia inmediata: que el nuevo contexto se pensara no en términos de la consolidación de una imagen próxima de futuro sino a partir y según el acontecimiento de la ausencia. La problematización queda entonces relegada y los marcos de la continuidad atados a la expectativa de la temporalidad previa. La campaña se construye en torno al capital político de Chávez y no alrededor de las dimensiones constitutivas e históricas del chavismo. Las acciones se definieron más desde la necesidad de salir de la situación y no desde la obligación de ser y actuar en ella.

Así, el poco margen de los resultados que hoy se reviste como victoria electoral es, en estricto sentido, una derrota política positiva que tiende a confrontar a la dirigencia chavista y su militancia a los errores y desaciertos del pasado reciente y el presente. Se reactiva la problematización y las dimensiones del carácter revolucionario del Estado, las características de la militancia y los mecanismos de acumulación de fuerzas en lo político vuelven a ser discutidos y debatidos ya no desde el “deber ser” sino en toda su potencialidad, es decir, desde la definición estratégica del cambio social.

Revisar la política: el consumo y las derivas de la inclusión social

En el año 98, cuando Chávez asume la presidencia de la República, recibe un Estado desmantelado. Las garantías básicas del Estado para con sus ciudadanos/as (políticas de inclusión y asistencia social, seguridad social, empleo, etc.) eran casi nulas y/o inexistentes. Las consecuencias del proceso de neoliberalización del país, si bien pudieron ser suspendidas por la insurrección popular de febrero de 1989, se manifestaban en un país en donde por ejemplo, el sector informal, tercerizado y flexibilizado era la norma.

En este sentido, el llamado a la constituyente se configuraba por un lado, como mecanismo de refundación de la república, y por el otro, como mecanismo de re-ensamblaje del Estado. En el caso venezolano, el mecanismo de re-ensamblaje tuvo unas características particulares pues, la gestión estatal debió recurrir a vías de excepción como las misiones para resolver, en el corto y mediano plazo, la larga e histórica deuda que en términos de inclusión y asistencia social aquejaba al país.

Sin embargo, y tal vez se encuentre asociado a las dinámicas de la confrontación política (11 de abril, sabotaje petrolero, referéndum revocatorio, etc.), de a poco se comenzó a visualizar el desarrollo de los “deberes de Estado” como una política estructural del cambio social. La revitalización de la presencia del Estado en viejos y nuevos lugares de la vida social generó la sensación de que éste, al cumplir con su deber, generaba transformación.

Ciertamente, en un contexto de franco neoliberalismo, las políticas de re-ensamblaje del Estado eran, en términos estrictos, un ejercicio revolucionario. Pero cierto es también que este proceso de re-ensamblaje se situaba y se sitúa aún, en las dimensiones que atañen más al problema de la gestión que a la ruptura con la naturaleza del Estado burgués. De ahí, que el Estado venezolano se caracterice más por la condición de su ambivalencia que por su definición como herramienta y centro de despliegue de la transformación. Por un lado, la vitalidad de los procesos de democratización de las estructuras de toma de decisiones y de gestión en lo local a través de consejos comunales, mesas técnicas de agua, comités de tierras urbanas, etc. Por el otro, el énfasis en el modelo minero-extractivo como forma de sustentar, a través de la distribución de la renta, todo el entramado de procesos políticos y sociales que desde el Estado se han desarrollado y se buscan desarrollar.

La ambivalencia se caracteriza entonces, entre la mano derecha y la mano izquierda del Estado, a decir del buen Bourdieu. Procesos de amplia democratización sustentados en un modelo de producción que se articula, de forma conflictiva y tensionada, por más que duela decirlo, a las nuevas lógicas de acumulación de capital, ligado a la emergencia del corredor BRICs y a las dinámicas de la acumulación por desposesión que David Harvey ha descrito durante los últimos años. Esto se traduce entonces en que el Estado venezolano, a la par que ha generado procesos políticos y sociales de democratización, también ha generado una dinámica de inclusión e incorporación económica, que no deja de ser relativa ¿tal vez?, ligada a un patrón de consumo que se tensiona y rivaliza con el modelo de sociedad que el mismo Estado enuncia como marco de construcción.

No es este el espacio para discutir las derivas del extractivismo, los procesos de diversificación de la economía y las erráticas políticas que en materia financiera han terminado por beneficiar a los grandes capitales nacionales y trasnacionales. De lo que se trata es de visualizar las formas como se traducen, en el terreno de las consecuencias políticas, los errores y desaciertos que la complejidad del proceso tiende a encubrir.

Ciertamente, no ha pasado el tiempo suficiente para caracterizar si los procesos de inclusión e incorporación a patrones de consumo básicamente capitalistas, generaron mecanismos e imágenes de identificación que influyeron al momento de ejercer el voto. En todo caso, si así fuera, es una situación que atañe más a la naturaleza del Estado y sus marcos de gestión que a las condiciones ontológicas del “sujeto popular”. Es por ello, que habría que despachar, dentro de la lógica electoral de la fidelidad, la noción antagónica de la traición.

Ausencia y racionalidad ejecutiva

Desde el 1998 hasta su fallecimiento Chávez demostró su capacidad para gestionar en coyunturas y contextos de crisis políticas. Esa capacidad, generó en su tren ejecutivo una racionalidad de acción ligada a las dimensiones del capital político que concentraba Hugo Chávez. En términos concretos, el tren ejecutivo que hoy representa la dirigencia institucional del chavismo, se acostumbró a gestionar en abundancia de capital político y desde ese precepto construyó una racionalidad ejecutiva siempre atada a la figura de Chávez y no a las características procedimentales de ser representantes del Estado.

Es por ello que desde el 08 de diciembre hasta la actualidad las declaraciones, políticas comunicacionales y manejo mediático del Estado han tendido a ser más erráticas que acertadas. El manejo desplegado durante la campaña electoral y las declaraciones frente a la conflictividad social proyectada por la oposición, pusieron de manifiesto esta condición y la apertura de un rápido proceso de reconfiguración que permitió darle, no sin cierta definición trágica, una salida coyuntural a la crisis política en ciernes. El contexto actual pone de manifiesto la necesidad de que el nuevo tren ministerial aprenda a gestionar en la escasez que produce la reducción sustancial del capital político del chavismo a la luz del poco margen obtenido en las elecciones recientes.

Solo una revisión exhaustiva de los marcos estratégicos de la gestión y la puesta en marcha de una nueva racionalidad ejecutiva que rebase los márgenes de la figura de Hugo Chávez, permitirá la recapitalización del chavismo en tanto fuerza política, antagónica y constructora del cambio social.

Crítica militante/Militancia crítica: notas para re-pensar lo político

El contexto actual pone en cuestión entonces, la necesidad de redefinir las características de los procesos de construcción de militancia, las hipótesis trazadas alrededor de los procesos de acumulación y proyección política y la configuración de una estrategia política de cambio social, que rebase los espacios locales de la reivindicación para situarse en el terreno de la producción de líneas de acción colectivas que articulen, desde el movimiento popular, el entramado de una narrativa de lo social que se configure como alternativa.

Todo esto pasaría, en primer lugar, por una caracterización clara y concisa del campo de interlocución e interpelación en el que se despliegan las tensiones y contradicciones entre el movimiento popular y el Estado. Re-afianzar la discusión alrededor de las nociones de autonomía, la soberanía y las posibilidades reales de un proceso de re-significación del Estado, implicaría entonces, en el campo de la construcción orgánica y crítica, una reflexión profunda alrededor de las políticas en las que aún persisten, de forma estructural, mecanismos clasistas de distribución y segregación espacial, debilidad en la correlación entre los espacios de participación y los espacios de toma de decisiones, la persistente homofobia en los espacios de construcción social y política, y la poca definición alrededor de las luchas indígenas por la demarcación territorial, entre muchos otros.

En segundo lugar, la necesidad de intervenir en los principales debates públicos y políticos que rebasarían el campo de la exclusiva defensa del proceso. Los debates alrededor de la inseguridad/seguridad, de la violencia, del paramilitarismo, de la especulación y de la política monetaria, por citar algunos ejemplos, son temas en los que, hasta ahora, el movimiento popular no ha intervenido de forma clara y contundente, y por tanto, han quedado relegados al campo de interlocución e interpelación entre el Estado y la oposición.

En tercer lugar, la necesidad de tensionar los mecanismos estatizantes/discursivos y políticamente correctos para re-localizarlos en el terreno mismo de la problematización política. Es decir, llevar los principales temas de debate al terreno estructural del cambio social para sacarlos del purismo de la disertación académica y el campo no-tensionado del “deber ser”, pues son éstos últimos, los que han tendido a crear una muy particular sensación en donde el compromiso ideológico pareciera despachar las dinámicas inherentes al compromiso de lucha.

Lo descrito entonces, se traduce en la necesidad de revitalizar la construcción de una militancia que despache los marcos trascendentales y objetivos de la crítica para situarla en el compromiso real, afectivo y articulado por el cambio social. Esto se traduciría en la construcción de marcos simbólicos que puedan, efectivamente, configurar una narrativa de lo social que organice, codifique y articule –en términos históricos, políticos, económicos y de pensamiento- un proceso real de transformación y construcción del socialismo.

Enrique Rey Torres

Federación Anarquista Revolucionaria de Venezuela (FARV)

Fuente: http://www.anarkismo.net

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